por Rosana Herrera

Por razones más que obvias, el medio de transporte obligado de estos tres tucumanos “de paseo” en Buenos Aires, desde hace exactamente sesenta y cuatro días (y dos veces por día) es el taxi. Interesante combinación las callecitas y los tacheros porteños…sobre todo los que nos tocaron en los últimos viajes y que nos mostraron tanta sensatez y tanto conocimiento de la historia argentina, que nos alegraron la semana. Gracias por tirar por tierra nuestros prejuicios, Luis Osvaldo, César Federico, Angel Francisco y Manuel Eduardo (la verdad es que esos cartelitos identificatorios y medio buchones que penden amarillos de sus nucas, tiñen mi relato de un cierto airecito a culebrón venezolano, ¿quenó?), y como no puedo aburrirlos contando las cuatro encantadoras conversaciones mantenidas con ellos, elijo la que será inolvidable para mí y la que a la postre es la más fácil porque no viajaban conmigo ni el Caballo ni el Enano, así que puedo hablar a mis anchas en primera persona.

La cosa es que la semana pasada, Leo me advirtió, medio burlón, que mi actuación no sonaba para nada creíble (cuando me hago pasar por macrista arrepentida para iniciar conversación) y yo muy contrariada, le insistí que lo mío no era un laburo artístico sino estadístico y que yo venía muy bien así, con mis encuestas artesanales. Claro que esa noche reflexioné a solas y decidí darle bola e intentar mejorar la performance de a bordo, novayaisea. Horas ensayando en la cocina, caminando, en la ducha, tendiendo la ropa, tratando de parecerme lo más posible a una mina del otro lado de la grieta ¿Y no viene Diosito y me castiga por escucharlo al nene y querer profesionalizarme? Evidentemente estuve magistral ese único día que viajaba sola de Palermo a Belgrano porque casi, casi, el Manuel Eduardo me baja del auto cuando en un tonito cómplice le digo, frente a su comentario de los tarifazos, “y…estamos pagando la fiesta”.

Por Libertador se anda en  cuarta o en tercera según el tránsito, según la hora y según los despelotes de las obras del  gobierno de la ciudad. Bueno, el caso es que el vaguito enseguidamente clava sus ojos negro azabache en el espejo, me mira, yo diría medio rarongo (por no decir re embolado), disminuye la marcha (a la altura de Olleros ya nos arrastrábamos en primera) y me dice desafiante, torciendo levemente el cuello a continuación de la mirada: “escuchame…” No hay caso, ché, si querés putear a alguien es mejor tutearlx, es más fácil tratándolx de vos, no podés decirle pelotudx a alguien si lx tratas de usted, no suena serio. Así que, si habíamos mutado raudamente del “buenas tardes, señora, cómo le va, adonde la llevo? a esta emboscada por el retrovisor, era fija que lo que se venía era una puteada. Posta, posta. (Y pensar que con el temita de la humedad veníamos joya…)

Pero lo que siguió (con el diario del lunes) es realmente maravilloso “…¿me explicás a qué te referís cuando hablás de la fiesta vos, qué me querés decir?” La verdad es que yo muy desubicada porque me estaban cambiando el guión, pensaba en que haría la Norma Aleandro si le pasa algo por el estilo y evidentemente me demoré en encontrar la respuesta porque a esas alturas de la flamante charla, el Manolo se respondía solo y el Toyota Corolla ya prácticamente estaba en punto muerto. (¡tomá! nada de Corsa ni de Palio, qué mierdaaa) Yo sólo atinaba a decirle “pensándolo bien…” “dicho así…” y la fiera se iba calmando y el auto recuperaba la velocidad crucero convirtiendo el viaje en una travesía deliciosa.

Esteeee… mejor la hago corta. Llegó un momento en que yo sentía que lo engañaba al tipo al ocultarle que estábamos engamados iodeológicamente y entonces me empezó a invadir la culpa que nunca demostraron Piccheto, Bossio ni Abal Medina. Porque el vago me daba una clase magistral de historia argentina, aunque debo confesar que lo hacía medio en cancherito y agarrándome de pava (bueno…se supone que a mí no me interesaba la política, que yo había votado al mejor equipo de los últimos cincuenta años porque estaba harta de los corruuuuuuuuptos pero que me estaba decepcionado porque no estaba pudiendo llegar a fin de mes). Eso me marcaba mi rol y ya les conté que había acumulado horas de ensayo.
Manuel Eduardo me paseó por la conquista del desierto, me describió los vicios de la oligarquía terrateniente, me recitó la pisoteada Constitución, me pidió que hiciera memoria sobre quiénes eran los que manejaban la economía en los 90, despotricó contra la perversa colonización mediática y lo que representaba el poder real y ante mi auténtica dificultad para entender lo que significa realmente una corrida cambiaria, con una paciencia infinita me instruía al respecto. Lo que más me impactó fue con la seguridad con que reseñaba las etapas por las que estamos empezando a transitar según su propio análisis: primero viene el “son todos iguales”, luego el “yo no lo voté” y luego el “que se vayan todos” Y con genuina preocupación me mostraba la gente durmiendo en las calles, que según él es cada vez más.

 La media hora que dura el viaje hasta lo de Alfredo, se convirtió en 50 minutos, parte por las frenaditas nerviosas y parte porque la avenida estaba muy congestionada. Yo no tenía ganas de bajarme, sentía que no debía hacerlo sin aclararle que lo mío era una estrategia persuasiva para “captar voluntades indecisas e invitarlas a la reflexión” (¿qué tul?). O algo por el estilo, pero no me animaba por temor a las represalias. Lo cierto es que ya estábamos llegando a Olazábal y el hombre, (volviendo al usted de la esquina del departamento) me dice algo cómo que ojalá me haya convencido para que antes de volver a votar con tanto odio, vote en defensa propia. Y… no aguanté y con una sonrisa bien apuradita le canto las cuarenta mientras junaba el taxímetro que marcaba como sesenta mangos más. Manuel me escucha frunciendo el entrecejo pero al instante vuelve a darse vuelta con una sonrisa bien relajada “no se aflija por el viaje, compañera, gentileza de la casa, aunqueeee debería cobrarle el doble, entré como por un tubo”