Por Miguel Núñez Cortés

Publicación: – «Un caso de  Covid-19 en un geriátrico  desencadenó la muerte de 18 de los internados luego de una evacuación polémica, ya de noche. Según denunciaron los familiares, los adultos mayores fueron víctimas de la negligencia y la desorganización del geriátrico, cuyos encargados olvidaron respetar las normas en vigencia»

 Desfilaban en camilla delante de las cámaras de televisión. Era de noche y las ambulancias iluminaban con sus luces titilantes esa escena dolorosa y triste. Los movileros de los canales de noticias buscaban en el fondo de sus consciencias, bolsas roídas,  los más rancios comentarios y “los” cámaras acompañantes ponían en foco las caras de los ancianos que eran trasladados.

Eran rostros hieráticos, rígidos y carentes de cualquier expresividad en las facciones; solos de solemnidad. De absoluta soledad. Mirando el infinito cielo oscuro y frío.

 Se ha dicho que a medida que va transcurriendo el tiempo, el anciano va perdiendo dignidad y honorabilidad.

 Vuelve a surgir lo escrito en el papiro egipcio Ptah-Hotep:

 “Que penoso es el fin de un viejo, se va debilitando, su boca se vuelve silenciosa y sus facultades intelectuales disminuyen cada día”. 
 
Lo dijo Eurípides (480 AC), ya de  viejo, cuando describió a la sociedad en la que había vivido como una clara enaltecedora de la juventud; era la vejez la edad triste que antecede a la muerte.

Esos traslados en horas nocturnas, a hurtadillas, vaciando geriátricos atestados de viejos en habitaciones con tres o cuatro camas, muestran las consecuencias de la decadencia cultural prevaleciente y el muy evidente desprecio por las personas adultas.

Seamos claros. El anciano que parte de su casa o de un geriátrico enfermo de Covid 19 sabe que no vuelve más. ¿que cantidad de ancianos puede haber dentro de los 80.000 recuperados? No lo dicen.

 ¿Creerá el viejo que por su condición de viejo  le asiste el derecho de transitar por los espacios verdes? Craso error. Plazas y parques son para otros,  para los lejanos de la decrepitud, aquellos  que los desechan por haber cumplido su ciclo útil, dentro de una maquinaria que solo admite “últimos modelo”.

Justamente los que deberían tener las plazas y parques a su disposición, para tomar sol y distraerse, son expulsados por los okupas jóvenes. La hipocresía reinante oculta la gran verdad de esta organización capitalista: el viejo no consume, no compra y encima no responde a los cánones de belleza imperantes. 
 
Ya pagó y aun paga todos los impuestos posibles. Hay jubilados que pagan “impuesto a las ganancias”, sobre un sueldo que se lo lleva el geriátrico o los gastos de atención domiciliaria de enfermería, medicamentos y cuidados. La decrepitud es intolerable y la eliminación de los viejos es algo deseable, incluso divertido.

 Por caso ¿ya no tiene sentido lo descrito en la “Guerra del Cerdo”? Sí,  y vaya si lo tiene.

Salir a la calle y poner en riesgo la vida de muchas personas no es lo mismo que matar a golpes, como en la novela de Bioy Casares. Eso es cierto. Pero esta nueva manera de eliminación humana  no implica mancharse con sangre, se resuelve de forma impoluta. ¿Es aplicable aquí la palabra  “pogromo”?, aquél imborrable vocablo de origen ruso.  Los congéneres jóvenes provocan una muerte “limpia” ya que no exponen su cuerpo para cometer el desacato. 

Por otra parte ¿qué importa? Total … el que se puede morir es un viejo.
 
¿A cuántos días de dolor se muere uno,
ni la vida se va,
ni el corazón se para,
es el dolor acumulado el que
cuando no lo soportas,
llega y te aplasta.
Gloria Fuertes