Por Alejandro Mosquera

La pandemia exacerba todo.  El asesinato de George Floyd, un afroamericano, por parte de la policía detonó inmensas movilizaciones en todo EEUU, también en Francia. Y visibilizó con fuerza nuevamente el crecimiento de la xenofobia, el racismo y la penetración del discurso del odio.

La reacción popular muestra, por un lado, la crueldad de un sistema de racismo y desigualdad y pero también la enorme capacidad popular para enfrentar a la ultraderecha cultural y política.

Las cárceles del mundo cuentan mucho sobre sus sociedades. EE. UU. es el país con mayor cantidad de presos (alrededor de 2.150.000) y también es el país con la mayor tasa de prisionización del mundo.  Previo a la pandemia los afroamericanos representaban el 38% de las personas detenidas siendo el 12% de la población. Si sumamos a los latinos el porcentaje de personas detenidas representaban el 66,1%. Estos números dan cuenta del racismo y clasismo del sistema penal de ese país.

Cuando se analizan los datos de afectación de la pandemia en ese país se evidencia a las claras la desigualdad, racismo y clasismo. En Nueva York las muertes por covid 19 son de 265 personas cada 100.000 en los afroamericanos, y de 259,2 cada 100.000 en los latinos. Para tener una referencia: Bélgica es el territorio que presenta una mayor tasa de mortalidad relacionada con la enfermedad: 82,8 decesos por cada 100.000 habitantes.

En Luisiana, un estado de 4,6 millones de habitantes al sur de Estados Unidos, los negros constituyen un desproporcionado porcentaje de muertes por COVID-19. A pesar de que integran solo el 32% del total de la población del estado, el 70% de las muertes causadas por el virus es de población negra, según datos oficiales.

También en la afectación económica de la pandemia se muestra el racismo y la desigualdad. Latinos y afroamericanos son los que más sufren la desocupación y la reducción de salarios.

La desigualdad, el racismo, las políticas de odio, la xenofobia, la violencia policial y judicial contra las minorías y los pobres, explican en gran parte la reacción masiva contra el asesinato de George Floyd. Y muestran que el capitalismo existente es realmente un sistema de crueldad.

Los líderes y la xenofobia y el racismo

En el mundo previo a la pandemia producto de las crisis, fuerzas de ultraderecha se vieron potenciadas y en algunos casos se transformaron en fuerzas de gobierno.

En su prédica ocupa un lugar central la xenofobia,una variante de la islamofobia. Construyeron enemigos en los “otros” para proteger a los verdaderos causantes de las crisis que padecen sus connacionales.

Con el surgimiento de la pandemia se profundizaron en muchos líderes políticos esas tendencias culpabilizadoras. El presidente Trump sostuvo y sostiene la responsabilidad china por el virus como si fuera una conspiración. El ministro de educación del fascista Bolsonaro Abraham Weintraubsostuvo la misma tesis conspirativa. Junto a diversos líderes mundiales en las redes sociales se mostró un participando de estas barbaridades.  Nada de ello fue inocuo, crecieron en el mundo los ataques a personas de origen chino o asiáticas, se destruyeron negocios, se golpeó y agredió físicamente a personas y familias de ese origen. La situación llegó a tal nivel de violencia que obligó al Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, el 8 de mayo de 2020, cuando dijo que “la pandemia sigue desatando una oleada de odio y xenofobia, buscando chivos expiatorios y fomentando el miedo” e instó a los gobiernos a “actuar ahora para fortalecer la inmunidad de nuestras sociedades contra el virus del odio”. 

Racismo, xenofobia y desigualdad en Argentina

Muchas veces nuestro país se mira así mismo como casi libre de la discriminación, racismo y xenofobia. Esa falsa conciencia de sí mismo se basa en la idea que el país es producto de inmigrantes que bajaron de barcos.  Y la historia oficial se escribió ignorando los genocidios sobre los pueblos originarios y la apropiación de las tierras de esos pueblos. Un olvido selectivo invisibilizó el papel de los afrodescendientes en la lucha por la independencia, y hasta no quiso saberse que nuestro gran soldado Cabral era hijo del mestizaje de una persona negra y otra indígena.

El racismo y la xenofobia según la época actuaron de manera diferente. A principios del siglo XX un clasismo racista impulso la ley de residencias para poder expulsar a trabajadores europeos que pregonaban caminos de igualdad o luchaban por sus derechos. El primer Centenario el país vivió el estado de sitio en beneficio de las clases acomodadas para cuidarse de esos otros que con dificultad hablaban nuestro idioma. Mas tarde los inmigrantes con océano de por medio fueron bien recibidos pero la discriminación se concentró en los compatriotas de nuestra América latina. El pensamiento hegemónico y en su mayoría porteño se veía como una Europa enclavada en un país salvaje, mestizo, pobre, incultoy poco afecto al trabajo.

¿Cuánto nos hemos distanciado de esas concepciones?

Miremos nuevamente las cárceles para mostrar el lugar oculto que explica también la sociedad.  En mis años de ser parte de los equipos que controlaban las cárceles de la provincia de Buenos Aires se constaba el clasismo y la discriminación en esas cárceles. La inmensa mayoría eran pibes morochos, pobres, excluidos de los derechos básicos. A medida que avanzaban las políticas demagógicas de mano dura, más crecía el clasismo policial y del sistema penal.

Al otro, pobre y con baja capacidad de defensa, se lo maltrataba, se lo torturaba, para él había hambre dentro de las cárceles. Nada diferente del trato del sistema con los jóvenes pobres que estaban en “libertad”.  Las policías se ofrecían y los políticos aceptaban, como controladoras del territorio, y eso significaba control social sobre los desposeídos. La arbitrariedadpolicial, la violencia institucional, el gatillo fácil,la discriminación, los malos tratos a los denunciantes en las comisarías, incluido el maltrato a las denunciantes de violencia de género, tienen un hilo conductor:la discriminación del pobre, de la morocha o morocho, del extranjero de país limítrofe.  Es la cultura xenófoba, racista y clasista presente en el sistema institucional y en parte de nuestra población.

El asesinato de Luis Armando Espinoza a manos de policías tucumanos también esta impregnado de los mismos condimentos. Y las imágenes de policías chaqueños deteniendo y golpeando a una familia qom muestran a todos la magnitud de lo que sostenemos.

El país es profundamente desigual. Arrastramos problemas estructurales de larga data, y también el agravamiento por los tres ciclos de gobiernos neoliberales. Algunos quieren sostener que las catástrofes o la pandemia nos igualan. Pero no es así.  Todos somos conscientes que el covid 19 por su nivel de contagio se expande con más fuerza en las megaciudades como es el área metropolitana de Buenos Aires. Pero es allí donde hay más pobreza, menos agua potable, más hacinamiento, menos derechos, donde se concentra tanto su nivel de contagio como el riesgo de vida.

También aquí como en EE. UU. quienes más sufren la desocupación, la parálisis económica, la cuarentena, son los grupos sociales excluidos, los empobrecidos, los trabajadores. No son los sectores privilegiados que claman para dejar la cuarentena atrás a destiempo, bien protegidos y alejados del peligro, inventan la palabra “infectadura”para esconder que están defendiendo los intereses de los privilegiados del sistema.

Quizás no haya otra salida que el aislamiento de barrios como villa Azul, pero me pregunto qué pasaría si hubiera que aislar a un barrio pudiente de San Isidro o Recoleta.

El racismo, la xenofobia, las violencias institucionales funcionan articuladas con la desigualdad, con la desigualdad económica, educativa y cultural, con la desigualdad en la posibilidad de ejercer los derechos que todas y todos tenemos.

Construir una marea por la igualdad

Tomando la experiencia del movimiento por la igualdad de género, contra la violencia contra lo femenino, las luchas feministas en el país y el mundo, la lucha por la igualdad tiene que inundar cada rincón del país. Hay que desmontar el relato desigualitario que justifica, que naturaliza.  Hay que deconstruir lo que tiene de invisible ese relato en nuestras mentes, nuestras costumbres, en nuestras acciones.

No es solo desde los medios de comunicación donde se reproduce el relato desigualitario y sus lacras acompañantes como el racismo, la xenofobia y los discursos de odio. El debate es en todas partes, en el estado, en la justicia, en la familia, en la escuela, en las iglesias, en la salud pública y privada, en la fábrica, en las universidades.

La lucha por la igualdad no se puede delegar en los líderes por mas confianza que uno les tenga, es una gesta social o no será.  La solidaridad expresada por la mayoría es una buena base para construir un nuevo umbral de los argentinos. Si fuimos capaces después de un genocidio construir el Nunca Mas y el proceso de memoria, verdad y justicia, si en medio de tanto femicidio y violencia y tanto patriarcado estamos construyendo un piso común de igualdad de género, también es posible que las mayorías gesten un país y un sociedad de libres e iguales.