por Rosana Herrera

Estoy en la ruta. A esta ruta a Salta debo haberla transitado más de trescientas veces desde que mi hija mayor se mudara a la Linda a construir sus sueños y desde que esa partida nos obligara a recorrerla de una escapada.Conozco cada curva, cada señal, cada puesto de peaje y me deleito con cada estallido de los árboles en primavera y con la fragilidad del follaje de los otoños. La conozco con lluvia, con sol, amaneciendo y en la penumbra de los ocasos. La he cruzado paseando, feliz, o deseando llegar, muy preocupada. Es la ruta que me acerca o me separa de ese paraíso de besos melosos y de abrazos en puntitas de pie y que según sea de ida o de vuelta, representa la emoción del abrazo demorado o la promesa del mágico reencuentro. Y es esta ruta la que me hace pensar en voz alta cuando voy de copiloto (el piloto, a la sazón, el abuelo, piensa en voz baja). Y eso hago justamente ahora, pienso que el sábado está muy cerca del lunes y que debo mandarle la crónica a Ale pero que esta vez será muy distinta. 

Porque esta semana un muy fuerte sacudón me hizo cambiar abruptamente los planes que tenía hasta finales del año para esta columna. Aunque, confieso, yo ya venía acariciando la idea de poner en palabras mis propias sensaciones sin necesidad de recurrir al relato de esas historias ajenas de personajes reales, cotidianos, a los que la ilusión y el fervor militante me hacen creer que traveseandocon las palabras, los ayudo a pensar, los rescato de la duda y los consuelo del arrepentimiento. Y de paso me chamuyo con que colaboro a expulsar de la Patria que nos están robando, (antes que sea demasiado tarde y para siempre), este presente ominoso de exterminio y desconsuelo. 

Y si bien la tentación de jugar con la primera persona y de compartir mis propios pensamientos me rondaba, no me  atrevía al peligroso laberinto de la autorreferencia y mucho menos a abandonar esos paisajes urbanos y costumbristas que me vienen acompañando desde hace mucho y que comparto desde hace poco en La Barraca pero…de pronto esta semana la realidad eligió las prioridades por mí y sucumbí. 

Tengo 61 años. Pertenezco a una generación emblemática, esa “gloriosa y setentosa” que se balancea frenética y errante entre los mandatos familiares y las elecciones personales. Entre el deber ser y el querer hacer. Entre el compromiso y el desinterés. Entre la insolencia de una minifalda y la solemnidad de un camafeo. Entre Quilapayún y Luis Miguel. Entre Arturo Jauretche y Paulo Coelho. Entre la sumisión y la rebeldía. Y podría seguir marcando dicotomías que nos delaten, nos definan y nos identifiquen y que tal vez sirvan como excusas con las que pretenda perdonar (y perdonarme) la lejanía con algunas de las problemáticas que atraviesan a las sociedades desde siempre, para que no resulten sólo la enumeración incompleta de las contradicciones perpetuas que acompañaron nuestro crecimiento. 

Porque el martes ocurrió algo que me sorprendió primero, me estremeció después y que me sobrecoge hasta ahora: el sentir, en apenas diez minutos de video y por culpa de un puñado de corajes con forma de ovarios en un escenario, de la lectura de un documento desgarrador, de un rostro tembloroso y de un sollozo irrefrenable, que se hacía conmigo el milagro. Ese que me permitiera entrar definitivamente a un mundo al que hasta entonces, no había alcanzado a percibir en su real dimensión. Ni siquiera todas las que, como yo, esgrimíamos la eterna militancia en el campo nacional y popular como un carnet de identidad. Y me le animo al plural, convencida de que es un despertar colectivo que nos hermana, ya sin remedio. 

Porque recién hoy advierto que tengo el privilegio de pertenecer a una época que sin duda será una bisagra en la historia. 

Porque recién hoy un silencio ensordecedor comienza a aturdirme. 

Porque recién hoy escucho el alarido de esos millones de mujeres que vienen conmocionando al planeta desde hace rato. 

Porque recién hoy estoy indagando desde este nuevo lugar, por qué no podía escucharlo antes con tanta nitidez. 

Porque recién hoy me erizo con cientos de testimonios tan valientes y tan generosos que parecieran contagiar el grito y curar amnesias. 

Porque recién hoy sé lo que significa que No es No

Porque recién hoy quiero que mostremos cómo nos ponemos si alguien pretende someternos. 

Y porque recién hoy descubro, con el orgullo chorriando y desbordándome, cuánto aprendí de mis hijas sin darme cuenta y recién hoy me entero que estábamos mucho más cerca de lo que el amor nos imponía a las tres.

En la ruta, en el auto, en el paisaje, todo está igual. Pero mis nietos esta vez van a abrazar a otra abuela. 

Porque hoy yo también soy Thelma.