Yo creo que terminé de entender lo que significa que la Patria es el/la otrx, cuando mi hijo menor, Leonardo, estaba en la primaria. Vivíamos en barrio sur, ese amado barrio de casas chatas, de plazas con canteros cuidados y de senderos prolijos para los ruidosos patines. Y de almacenes amigables en las esquinas, donde lxs vecinxs se despedían pidiendo que les anotaran el gasto en la libreta.

 

Ese barrio sur que elegimos para criar también a nuestrxs hijxs, de quienes por aquellos años en los que estoy pensando, Leo era el único que quedaba cursando el colegio. No recuerdo exactamente la fecha, porque la anécdota se convirtió en cotidiana hasta finales de la década ganada, así que no creo que sirva de mucho exprimir mi memoria.

 

Dada la dificultad que el menor de mis potrillxs tenía por entonces en su motricidad fina, usaba una netbook para hacer las tareas en el colegio. Eran muy nuevas estas cosas de la tecnología (y yo muuuuy inútil) cuando ese día estábamos sentadxs lxs dos en el emblemático sofá verde de la sala. Ese en el que descansábamos todxs al final del día, debajo de la sombra de los arrayanes que nos prestaban, generosos, sus almohadones.

 

El hecho es que al amparo de ese remanso doméstico, intentábamos, en vano, cumplir con la Seño Luchi, porque él debía entregar una ficha de historia. Y digo en vano porque algo pasó y la muy cabrona de la compu se detuvo y no la podíamos encender. Ya era cerca de la hora del almuerzo (él iba al turno tarde y yo estaba con una de mis frecuentes esguinces de tobillo izquierdo y por ende, en reposo) y no había caso, «estábamos solxs» sin que nadie nos pudiera auxiliar. Bueno… eso creía yo porque estaba Irma, la señora que me ayudaba en las tareas domésticas, un sol de persona y muy muda. Ella, al ver mi preocupación, se acerca suavemente (como siempre ella y su suavidad…) y me dice: «Doña Rosana, quiere que yo le vea?» Ante mi evidente sorpresa, inmediatamente me aclara: «Es que la Yani tiene la misma, se la dieron del gobierno».

 

Así que tomó el bendito aparato, (nunca supe cómo lo hizo) y lo arregló en un santiamén y Leo pudo buscar los datos sobre la presidencia de Roca y llevar sus deberes. La conmoción que me produjo verle dibujado el orgullo en su sonrisa franca y su cara radiante, nunca se alejó de mi memoria. La tengo presente siempre porque gracias a eso pude bendecir todos los días de mi vida «los vicios del populismo».

 

Años después compartimos el médico dermatólogo, ella con su obra social y yo con la mía. Salíamos de casa juntas a la siesta, después de «terminar la cocina» y nos sentábamos con el crochet en la larga, eterna y helada sala de espera del Centro Médico de la calle Alberdi (ahí aprendí lo que era la vareta, porque a eso también me lo enseñó ella). Pero eso es otra historia… Y siempre pensé que una de las cosas que me enamoraba del modelo era justamente eso, la posibilidad de sentir que las necesidades de ella y las mías pudieran  tener la misma importancia para un Estado presente y benefactor. Que la igualdad de oportunidades no sólo se declamaba, sino que se trabajaba para que fuera una realidad. Que la alegría se desparramaba más equitativamente en todos los hogares, en forma de trabajo digno y estable.Y tantas derechos garantizados…El caso es que por estos tiempos, escuchando y leyendo a nuestro candidato en todos los actos desbordados y rebalsados de ferviente militancia, que nos engordan la esperanza, empiezo a darme cuenta que a todo eso no lo había imaginado.                     

Mientras tanto, hasta que llegue el 27 de octubre, yo sigo con la sonrisa instalada y sintiendo que se agranda según pasan los días.