Por Nacho Fajre*

Hace unos días decidí parar la pelota, mirar en que parte de la cancha me encontraba y fijarme si estaba realmente bien posicionado para ver si podía seguir jugando este partido.

Probablemente muchos se preguntarán de qué estoy hablando y hasta algunos amigos me dirán que a las analogías futboleras se las dejemos para el ex presidente porque, en verdad, el fútbol es la única pasión que comparto con el empresario, pero no le cuenten a nadie.

Volviendo a la cancha, una vez bien parado, veo un partido curiosamente extraño. Una parte de la tribuna (no sé cuán numerosa pero ruidosa por excelencia) ha decidido defender a capa y espada a la tribuna del frente. ¡Genial! me digo, porque un pueblo realmente unido jamás podría ser vencido. De repente… una vez listo para continuar con el partido, escucho a la gente silbar. Parece ser que esos hombres vestidos de árbitros y detrás de una pantalla -la del VAR- han venido a robarme la ilusión de esta empatía repentina empatía.

Siiií, no estoy loco, pues claro… no son árbitros y tampoco se están equivocando. Son alcahuetes haciendo de periodistas serios, “independientes” y honrados que han utilizado a este equipo para defender los intereses de otro, de uno muy chico y muy poderoso, uno de aproximadamente 12 mil jugadores. «¡Pero un equipo de 12 mil jugadores es enorme!» me dirán con total razón. Pero no cuando el equipo convive con otro de… 44 millones, ponele…Y aquí es donde aparece el problema principal y donde se impone la solemnidad disimulada en mi relato por la jerga deportiva.

Porque veo un puñado de compatriotas sin ningún otro interés que defender los intereses de los dueños de las fortunas más colosales del país. Esos que no tienen ningún interés en compartir el 1% de sus inmensos capitales con los más necesitados desparramados por esta, nuestra Patria, (la misma que les permitiera amasarlos y acrecentarlos sideralmente). Y advierto que ese puñado de ciudadanos amenaza permanentemente con cruzar el charco, partiendo desde las nuevas tierras de Costa Salguero (que se han ganado “con tanto esfuerzo”), y que ha decidido defender a estos pocos privilegiados con sus propias reglas, porque la democracia es selectiva en este encuentro.

En innumerables ocasiones me he preguntado y me sigo preguntando: ¿Realmente desconocen sus privilegios? ¿Es tal la necesidad de pertenecer a un equipo al que jamás serán bienvenidos? ¿Realmente ven al de abajo que recibe una ayuda para subsistir como un aprovechado? ¿Cuánto pierden verdaderamente? ¿Es real eso de que el pobre es un vago, poco esforzado y ya?  ¿O soy yo el equivocado? Son muchas las preguntas y muchos los temas en los que podría seguir pensando en voz alta y aclaro que me gustaría poder soñar con que un día no muy lejano todos pudiéramos realmente jugar en el mismo equipo y defender la misma camiseta.

Algunas veces me han preguntado de manera algo burlona, qué es lo que yo particularmente hago para cambiar esto, acusándome también de ser el receptor de un beneficio de alguien (al que todavía no he conocido) y me he quedado callado. En el silencio he encontrado al mejor aliado. En el silencio y también, claro, poniendo en orden la lista de cosas que me generan francamente todo tipo de indignaciones. ¿Y saben una cosa? Revolviendo en mi memoria, ninguna se refiere a la percepción del otro y/o a la solidaridad para con él, pero en su defecto he encontrado “primeriando” esa lista de lo que me indigna, a esos pelafustanes que se inmolan por el equipo chico y poderoso al que jamás podrán pertenecer.

Ya voy terminado estas reflexiones (mientras descanso un poquito del próximo parcial) y como las pasiones son inexplicables pero reales, festejo algunos goles, los que se pueden hacer en medio de esta cancha… Porque nos han dejado la cancha muy embarrada.

En silencio, sin gritarlos como a los de mi querido club, festejo que los primeros goles sean para los de abajo, porque seguramente los del medio podremos aguantar un poco más. Pero nada me impide que a mi silencio lo comparta en este espacio con algunas personas a las que respeto mucho y con otras que seguramente comparten mi mirada futbolera.

Lamentablemente en estos tiempos de disputas permanentes se me ha hecho imposible compartir mis reflexiones con los amigos del equipo aspirante, ya que juegan con sus propias reglas y no son precisamente las de la democracia que dicen defender.

 

*Ignacio Fajre (Nacho) es tucumano, estudiante de la carrera de Derecho de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UNT