por Rosana Herrera

Lo que a muchos de los compañeros que militamos el espacio nacional y popular nos preocupa y ocupa hoy, es pensar cómo militar el oficialismo que supimos conseguir, sin morir en el intento. Y creo que empezamos a plantearnos esta inquietud, apenas terminamos con los festejos por los resultados de las PASO o inclusive antes, desde esa inolvidable mañana del 18 de mayo. Ese sábado en que en todos los hogares se empezaban a revolear las banderas de la esperanza en simultáneo y sólo demorando el tiempo que nos llevó reaccionar a la sorpresa de escuchar el nombre de Alberto en boca de Cristina. Porque sentimos que ¡por fin! se nos marcaba un rumbo muy claro hacia dónde caminar.

Por aquel entonces, agosto parecía estar lejísimos en proporción inversa a nuestra ansiedad que estaba tan cerca. A cada uno de nosotros «nos pegó» de distinta manera, cada uno hizo una elaboración diferente, pero todos reaccionamos con el mismo entusiasmo desbordante. Y ese fin de semana se tiñó de rutina militante y los teléfonos no paraban de sonar y…

Lo que sentimos desde entonces hasta hoy, es historia conocida y lo que tenemos muy presente, es que al momento de los brindis con los balances de fin de año y cuando nos tocó bienvenir al 2020, todos y cada uno sentimos que estuvimos del lado correcto. Y nos supimos cómplices, participes necesarios del delito de recuperar la dignidad. Pero desde el temido «día siguiente» cuando la resaca ya empezó a abandonarnos; cuando sólo nos quedaban las marcas de los abrazos recibidos y ofrecidos y el recuerdo de las mesas llenas y de las sillas vacías y mientras vamos volviendo a la rutina, estamos estrenado oficialismo. Permanentemente estamos inaugurando estrategias que nos ayudan a cuidar esto que nos pasa: desde hace apenas sesenta días somos gobierno de nuevo. El arco nacional y popular unido (con el peronismo a la cabeza) recuperó la casilla del medio. Y en este tatetí gigantesco, cada movida que hagamos tiene que ser pensada, prolija y artesanalmente ejecutada. Porque la derecha no descansa y está intentando por todos los medios desestabilizarnos, enfrentarnos, provocar la división que hizo posible que ellos pudieran saquearnos.

Desde luego que estoy señalando una verdad de perogrullo pero no por ello, el enemigo es un monstruo menos grande y pisa menos fuerte. Es muy necesario preguntarnos cuál será nuestro mejor rol en un escenario con tierra arrasada, qué misión vamos a cumplir los millones de ciudadanos de a pie, esos que dejamos parte de nuestra vida en las calles. Y es muy necesario que advirtamos también que no sólo las amenazas son enormes, sino también las propias debilidades que, como espacio plural y variopinto, tenemos que enfrentar.

Tal vez nos quede militar incansablemente para contribuir a construir confianza y a deconstruir prejuicios. Para ser responsables al momento de transmitir la historia a los que tendrán responsabilidades en el mediano plazo. Para obligarnos a recordar los errores del pasado y facilitarles el presente a quienes nosotros mismos pusimos en situación de gobernarnos (y de ofrecernos un futuro). Para ocuparnos organizadamente de contrarrestar, en todos los rincones en que nos desempeñamos, los embates del neoliberalismo. No hay arma pequeña para defender el proyecto, todas serán útiles, las usemos a todas. 

Las redes sociales son un espacio inmenso que aún les pertenece, pero la micromilitancia siempre fue nuestra. La persuasión, la polémica, la información que se comparte generosamente. Todo sirve. Y nos sirve. Y si bien la corporación mediática continúa furiosamente colonizando subjetividades, nosotros seguimos enamorados del modelo de país que nos proponen. Es el amor versus el odio, una vez más recorfirmando nuestra elección de país. Pero sepamos que el ratón Pérez y los Reyes Magos están construidos a imagen y semejanza de lo que nuestra emocionalidad necesita oír. Pero son los padres.

Como sepamos también que eso de que el amor vence al odio es sólo una frase. Y que cuando nos desesperamos nos aferramos a ella con una soga conscientemente atada a nuestra desazón, para que la estrangule. Y que creer en ello sólo nos ayudó mucho para darnos fuerza y poder seguir porque llegamos y aquí estamos, enteros y dando pelea.

Pero sepamos que debemos ser capaces de reconstruir la Patria, centímetro a centímetro. Para en no mucho tiempo poder abandonar los sueños de cabotaje, como lo son pelear denodadamente para que todos y cada uno coman cuatro veces al día; fomentar empleo formal, garantizar que todos los argentinos reciban un cronograma completo de vacunas o erradicar enfermedades que reaparecieron por la ausencia de políticas sanitarias.

Y nos propongamos prepararnos para poder emprender el vuelo hacia los otros cielos de la resurrección plena, hacia el crecimiento económico, hacia la grandeza de la Nación. Hacia la inclusión, hacía la equidad, hacía la libertad de todos aquellos que están injustamente detenidos y con la mirada puesta en el renacer de la Patria Grande.