Por Miguel Núñez Cortés

Voy caminando por los senderos de la Patria profunda cuando me encuentro con tus ojos y el silencio de los pasos de tus mayores.

Padeces frío. Tienes pocos días y el aire gélido y cruel arrecia sobre el techo de chapa y se cuela por las hendijas de las paredes y la tela de las puertas que nunca fueron terminadas.

Padeces frío. La majestad de las montañas escuchan tu primer llanto. No tienes ni sonajeros, ni ositos, ni muñecos, solo el ruido saltarín de los ríos, compañeros solidarios, juguete único junto al arrullo del viento, que cobijan sueños secretos, impensados en un niño urbano

Padeces frío. Justamente tú que serás el mirador de horizontes lejanos cuando trepes a la cima misma de los gigantes cercanos. Tú, que llevas en tu sangre las expectativas simples de los niños simples, sin traumas ni complejos.

Padeces frío. Tú, que escucharás atento en poco tiempo el canto distintivo de los pájaros. Tú, el futuro observador perspicaz y delicado de la naturaleza, esa de los misterios nocturnos, y lo harás sin temores ni pánico.

Padeces frío. Tú, el del pelo renegrido que alguna vez brillará bajo el sol que ilumina en el cielo alto, que te quiere suyo desde el azul profundo, de nubes preñado.

Padeces frío. Tú, que en tu pequeñez de recién nacido sabes que el aire transparente y puro que te envuelve jamás se interpondrá entre ti y las estrellas, mientras que la Cruz del Sur signará tu frente desde el misterio mismo de la noche, oscura, cuando la luna yace escondida detrás de las montañas.

Padeces frío. Tú, al que amo, solo a través de esta mirada fugaz, quizás extraña por ser de otro lado, y sin embargo sé que eres mi lejano-cercano, mi hijo, mi nieto, mi otro, mi hermano.

Padeces frío. Tú, que cuentas con un heredado pudor, pero que nunca –aun postergado- dejarás de ser el ciudadano-niño de mi Patria amada.

Padeces frío. Tú no sabes por qué. Yo te lo diré. Unos “hombres y mujeres grises”, tan grises como el cielo plomizo que precede la nevada, de corazones helados, espíritus vacíos y pechos inertes, que se reúnen en un entorno de pocas cuadras, te han quitado la posibilidad de no padecer frío y han vuelto careciente también a tu extensión primera, que es tu humilde madre.

Padeces frío. Tú ignoras que han almacenado, en galpones menos inclementes que el frío de tu rancho, centenares, miles de “Qunitas” de madera, con colchón; sábanas y un acolchado (para suplir la “mañanita” de la abuela ausente), un toallón y un saco de dormir; indumentaria preparada especialmente para ti, mi recién nacido, con ropita para el verano; y para el crudo invierno hasta un gorro, un abrigo polar y escarpines abrigados. Y cuentan que quisieron quemarlo todo.

Padeces frío. Y sin embargo fuiste considerado desde el “Qunita” un ser humano, íntegro y completo. Sí, humano, aún teniendo tu pelo negro y la tez oscura. Alguien pensó esto para ti, seguramente un “alguien” que alguna vez supo lo que era ser pobre y desamparado.

Los “hombres y mujeres grises”, llegan a sus casas, donde quizás también habita un recién nacido y encuentran a sus hijos patitas al aire y en “batita”, con pañales descartables. Tanto es el calor en la vivienda que abren las ventanas para bajar la temperatura. Desde el techo y el piso reciben ráfagas de calor de las losas radiantes, incluso en la cucha donde habita el perro, con alimento balanceado.

Padeces frío, aun con el brasero encendido peligrosamente cerca de la única cama.

Padeces frío, sí, por culpa de los “hombres y mujeres grises” que te negaron el calor y la ropa del plan “Qunita”. Los “hombres y mujeres grises” que creen que lo son todo y no son nada. Ellos no saben, como dijo Andrés Eloy Blanco, que cuando se tiene un hijo, se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera, se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga y al del coche que empuja la institutriz inglesa y al niño gringo que carga la criolla y al niño blanco que carga la negra y al niño indio que carga la india y al niño negro que carga la tierra.

Padeces frío, porque ellos –los “hombres y mujeres grises”- son padres y madres de unos pocos niños, pero tienen el poder para signar el destino de todos los niños de la Patria. Eso será hasta que alguna vez vuelva la justicia perdida y con ella retornen los mansos de corazón, los de las almas calientes como la zarza que arde, sin consumirse, en la montaña bíblica.

Y ya no padecerás frío. Y cuando los “grises” ya no estén, se entenderá que cuando se tiene un hijo, toda risa nos cala, todo llanto nos crispa, venga de donde venga. Cuando tenemos un hijo, tenemos el mundo adentro y el corazón afuera. Y cuando se tienen dos hijos se tienen todos los hijos de la tierra, los millones de hijos con que las tierras lloran, con que las madres ríen, con que los mundos sueñan.

Prometo que mi aliento, como en Belén los pastores, acompañará tus esfuerzos para que alcances sin que lo sepas, sin que lo intuyas, sin que lo veas, tus esperanzas puras, tus esperanzas santas, pues santos son tus sueños, tus anhelos y tus esperanzas.

Cuenta conmigo mi pequeño niño, tú, el del pelito negro y la dignidad intacta.