Por Rosana Herrera.

Los días de lluvia son ideales para darle al teclado con todo. Para aporrearlo, como diría la abuela Ina, agotarlo de tanto ajetreo de las vocales burlándose de las consonantes, de los puntos finales que se marean con los puntos seguidos. De los sujetos y de los predicados esperando empezar a existir entre el desorden de ideas, todas entreveradas, todas mojadas.

El agua cae sobre mis recuerdos y entonces es cuando se me aparecen, desafiándome.

Había una vez un 22 de noviembre de 2015. Y había también, por aquel entonces un universo familiar que coincidiendo con un histórico ballotage, empezaba a convulsionarse y a hacer que se asomaran unos primeros chaparrones que hasta entonces, sólo venían presentándose como una fina garúa.

Una soga repleta de sábanas que empezaban a humedecerse, a boca de urna, un tropezón que sí fue caída, un codo roto y ocho clavos, me obligaban de repente a parar con el remolino de sensaciones que me atormentaban, presagiando la catástrofe. Las tormentas (la propia y la de todos) se habían empezado anunciar ya después de la primera vuelta y el aire comenzaba a tornarse irrespirable

La única certeza que teníamos por aquel entonces, era la incertidumbre. Y por esas piruetas del destino, llovió tan copiosamente afuera como adentro.

Imposible no asociar la hecatombe individual con el exterminio colectivo. Inútil pretender disociar la memoria en pedacitos para ponerle curitas que pararan la hemorragia emocional. Todo se ligó. Cada cosa que ocurría, servía para enmascarar algún horror y cada derecho arrebatado, cada despojo, nos era útil para arremangar la angustia, amortiguar el miedo y salir a manifestarnos en las calles y en las redes.

No hubo cielorraso que soportara tanta lluvia, el agua entraba a raudales y de a rato, en todos los rincones.  A veces ni siquiera nos enterábamos que estábamos empapados, y otras tantas agradecíamos simplemente las resolanas. Las plazas, la militancia todo terreno, los compañeros y las compañeras, los amigos y las amigas (los nuevos y los recuperados) eran la única garantía para pelearle a la eternidad de una insoportable vigilia. Como eran también los responsables de que los sueños compartidos estuvieran siempre ahí, bien parados.

Y pasaron nomás los interminables cuatro años…y pudimos con todo. Con la tempestad y con las goteras. Con los obstáculos personales  y con las tragedias colectivas. Y le ganamos por goleada al infortunio.

Y aún no lo podemos creer.

Y de a poco vuelven las carcajadas y el aroma de los jazmines nos vuelve a invadir. Y las ventanas vuelven a teñirse de Santas Ritas y de azaleas. Y nos ponemos de pie y estrenamos zapatos, ilusiones y futuro.

Y de repente la Patria se para el otro y para todos, parando la locura de los otros.  Y quedamos esperando la yapa, esa que se nos dará cuando los hermanos americanos se paren definitivamente y triunfen frente a aquellos que quieren parar el avance de la Patria Grande.

¡Huy! Ni cuenta me di de que paró de llover… con razón suena nuevamente la bocina del infaltable carro de Don José. Ese gallego petiso y gruñón que ofrece comprarnos los cacharros que tenemos  en el fondo, amontonados con los recuerdos que  hasta hoy, no paraban de retumbar.

Hoy la lluvia sólo lo demoró al viejo carrero. Como me demoró a mí, mirando llover. Él nunca para.

Yo ya paré.

Y me paré.