Por Alejandro Mosquera.

Director del Instituto de Estudios y Formación para la Igualdad

 

El país vive una situación grave por la catástrofe que produjo el neoliberalismo en sus tres ciclos, incluido el último de Macri. Y los efectos de la pandemia sobre el planeta y nuestra patria.

La agenda pública y social pos-pandemia debe plantearse que no solo hay que recuperar lo perdido, que es mucho. Solo es posible (qué cosa es posible?) si ponemos proa hacia un proyecto nacional de desarrollo, con impulso a la producción nacional, al desarrollo de la ciencia y la tecnológía, que ponga en el centro el trabajo y la educación como derechos universales de todes.

Ese objetivo necesita superar las calamidades sociales y económicas que nos legaron, pero también recuperar una concepción de soberanía integral.

Por eso están en marcha, en todo el país, encuentros, debates, Cabildos abiertos por la soberanía educativa. Rectores y decanos, profesores y estudiantes, sindicatos y expertos, centros de estudios y fundaciones se coaligaron para protagonizar un debate democrático y amplio. El primer capítulo tras esos objetivos es una nueva ley de educación superior (LES). Fue el propio presidente Alberto Fernández quien en su discurso de apertura del año legislativo el 1 de marzo, señaló que enviará al Congreso una nueva Ley de Educación Superior que tendrá como “punto de partida la gratuidad y el acceso irrestricto”

El próximo sábado 19 desde las 10 horas comienza el Cabildo sobre una nueva LES de la provincia de Buenos Aires cuyas conclusiones se aportarán a un Cabildo federal que luego enviará sus ideas fuerzas al ejecutivo nacional, los bloques legislativos y les protagonistas de la educación.

Quiero compartir algunas ideas de producción colectiva donde vamos sentando las bases del debate que estamos construyendo.

Hablar de Educación en términos de Soberanía Educativa tiene que ver con la construcción de una sociedad más incluyente, solidaria, justa e igualitaria. Tiene que ver con la construcción de una sociedad más participativa, crítica y democrática. La Soberanía Educativa debe ser uno de los grandes temas a abordar, en la medida en que la construcción de un proyecto educativo emancipador debe ser un pilar de la Nación.

Tenemos que ser capaces de atender y resolver la emergencia, porque es difícil aprender con hambre, porque es difícil enseñar y aprender en escuelas con infraestructuras debilitadas, enseñar con salarios raquíticos, estar actualizados y tener igualdad de oportunidades en un mundo globalizado e informatizado si no se tiene acceso a una computadora y a una red de wifi.

Y a la vez, construir hoy el futuro. Tenemos que reconstruir una épica de la educación argentina. Solo posible si rompemos los dogmas neoliberales en la cultura, la educación, el sentido común. Analizar con una mirada crítica cómo la educación expresa las desigualdades profundas del país. Desigualdad económica, desigualdad social, desigualdad cultural, desigualdad tecnológica, desigualdad de poder.

La soberanía educativa ha estado en riesgo desde hace muchos años, pero muy marcadamente cuando el sistema educativo comenzó a estar bajo la órbita de organismos como la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), que es a la educación lo que el FMI a la economía. La injerencia de estos organismos fue creciendo a paso redoblado al tiempo que se extendía la idea de mundo globalizado, digitado por corporaciones, en el que los países latinoamericanos debían insertarse para no quedar en la cola de la historia. Como dice Gabriel Brener: “Vivimos tiempos de domesticación que emanan de los poderes de la economía global y tienen su correlato a escala local”. Hay toda una línea que promueve dirigir la educación hacia los intereses y necesidades de las grandes corporaciones, que desaniman la idea de la soberanía educativa en pos de una globalización educativa, en todos los aspectos: contenidos, formación docente, sistemas de evaluación, sujetos de educación, que en el nuevo paradigma se insertan y responden a problemas globales y no a situaciones nacionales y/o regionales.

En el país, la educación sufrió el ataque sostenido de los tres ciclos neoliberales. Durante el menemismo se sancionó una Ley de Educación Superior que introduce los principios que dieron lugar a su mercantilización. Es muy destacable la sanción de la Ley Nº 27.204/2015, por iniciativa de la por entonces legisladora nacional Adriana Puiggrós, porque introduce modificaciones importantes a esa ley, en especial, en lo que concierne a su gratuidad, concibiendo a los estudios superiores como derecho social. Sin embargo, en marzo de 2016 un juez la consideró inconstitucional porque la interpretó como un avance sobre la autonomía universitaria. El gobierno de Macri no apeló tal fallo y, por lo tanto, quedó firme.

Una nueva ley de educación superior es una deuda de la democracia porque necesitamos des mercantilizar la educación. Porque necesitamos transformar las condiciones simbólicas –tanto como las materiales- que pesan sobre nuestra educación pública como anteojeras conceptuales para comprender quiénes son sus nuevos sujetos, qué clase de conocimientos necesitan aprender, cuáles son los procesos de enseñanza y aprendizaje social, cultural, científica, tecnológica y éticamente valiosos.

Necesitamos un debate por una nueva Ley de Educación Superior con gran protagonismo de toda la sociedad, donde resignifiquemos el concepto de autonomía universitaria, no solo en relación con el Estado, que establezca a la autonomía universitaria también respecto de los intereses de los grandes monopolios y corporaciones que son los poderes fácticos que penetran los planes de estudio de las carreras y líneas de investigación como formadores de lo que conciben como sus propios recursos humanos.

Urge aquí asumir el desafío político de producir una gran síntesis histórico-cultural entre los principios del reformismo y los del pensamiento nacional y popular.

En conflicto con las mejores tradiciones reformistas y nacional populares, se ha construido por parte de las elites un discurso hegemónico que justifica la desigualdad en el terreno educativo, en especial con respecto a la educación superior. Demoler mitos y meritocracias salvajes es parte de una educación soberana, solo factible en un país soberano y más igualitario.

Pensar y diseñar una educación más igualitaria no solo se construye en las aulas sino en la realidad del conjunto social del país, pero las aulas tienen mucho para ayudar en este desafío de nuestros pueblos.