Por Pedro Peretti

En un párrafo de su carta a la ciudadanía el ex presidente Macri se permite dudar sobre la vocación democrática del Frente de Todos. “…es elecciones libres o no habrá transparencia en los resultados”, dice. Es parte de la desembozada embestida destituyente que viene soportando nuestro gobierno desde el mismo momento de su asunción. Hace tiempo que desde esta modesta columna se viene insistiendo sobre las intenciones golpistas de la derecha. Los hechos son cada vez más explícitos.

La táctica de poner en duda los resultados electorales para deslegitimar un gobierno popular y buscar su destitución es tan vieja como la democracia misma, pero había caído en desuso. La derecha argentina la reanimó a partir de la estrategia regional de activar golpes blandos. La primera en esbozar la teoría del fraude en la etapa post 1983 es la tradicional vocera de los intereses del Departamento de Estado en la Argentina: la Dra. Elisa Carrió, quien sostuvo, sin más prueba que su deseo, que el Kirchnerismo viene haciendo fraude desde el 2011. En esa compulsa CFK le ganó a su segundo por una abrumadora diferencia de 37,30%. Una elección ejemplar.

Pero fue en Tucumán el primer ensayo práctico de poner en duda los resultados electorales sin pruebas. El 23 de agosto del 2015 en las elecciones provinciales la fórmula que encabezaba el actual gobernador Juan Manzur se impuso por más de 12 puntos de diferencia a su segundo, el radical José Cano. Sin embargo, la derecha tuvo al país y a la provincia en vilo por 10 días denunciando fraude. Allí la embajada norteamericana más el concurso de TN y la UCR (que presidia el empleado no registrado de Techint Ernesto Sanz) organizaron un simulacro de fraude que se transmitió en directo a todo el país. Para darle más realismo a la situación se auto quemaron 40 urnas. Todo tan burdo, que terminaron admitiendo que fue toda una parodia.

En todos los casos el sistema electoral funcionó por demás de bien. Se votó con papel, fiscalización extendida y de todas los partidos, recuento provisorio y recuento definitivo. La oposición tuvo todas las garantías y el triunfo del peronismo fue inobjetable.

En la Argentina el comportamiento democrático del campo nacional y popular estando en el gobierno, detalle no menor, ha sido de una transparencia digna de un cantón suizo. Reconoció su derrota electoral frente a Macri cuando la diferencia fue de apenas el 2,68%. En esas elecciones los resultados de la provincia de Córdoba fueron por demás sospechosos y la actitud de Scioli también, cuando a pesar de los pedidos de que no reconociera el triunfo tan temprano, igual lo hizo. Pero no hubo una sola queja pública que empañara el triunfo de la derecha. ¿si hubiera sido al revés habría sucedido lo mismo?  El propio Néstor Kirchner cuando la triada de Felipe Sola, Francisco de Narváez y Mauricio Macri lo enfrentaron en las legislativas del 28 de junio del 2009 y perdió por apenas un 2,4%, reconoció la derrota y “llamó a fortalecer la gobernabilidad”. Ejemplar actitud.  En cambio, la derecha cuando CFK les ganó ajustadamente en las primarias del 2017, se adjudicaron el triunfo en primera instancia y después tardaron 16 días en enmendar la “avivada”. La derecha en la Argentina siempre fue golpista.

Estamos en medio de una fuerte escalada destituyente. La historia reciente nos debe servir como una alerta temprana de lo que puede suceder en las legislativas del 21. Estas elecciones son claves para el futuro de nuestro gobierno, tomemos recaudos, la unidad es uno de ellos la buena gestión otro, pues no son solo elecciones de medio término sino son elecciones de rumbo. Quien las gane tiene el camino expedito para cambiar o profundizar. La disyuntiva no es menor, es el futuro de la patria lo que está en juego…salud y cosechas