Por Eduardo Dalter

 

CARACOLES SOBRE LA REPISA

 

Yo nunca jamás viví en Güiria ni pernocté en Irapa

ni conocí las remotas costas de Macuro,

aunque estas fotos desteñidas me desmientan.

Tampoco comí carne asada con yuca en los bordes

del Manzanares, en las noches tibias del Caribe,

aunque por años estuvieran sobre la repisa

tres extraños caracoles y una moneda que

alguien

tomó por suya y se llevó. Tampoco regresé en la mañana

un día nublado de octubre o de noviembre:

pareciera en verdad que siempre estuve aquí,

entre estas ocho paredes, también desteñidas, mirando

cómo la vida imagina, alumbra y nos sopla

como a una hoja que el viento esconde

finalmente

en algún paisaje donde nunca llega el sol.

 

 

 

TARDE DE SÁBADO

Un poema para la cotota

 

La tarde cae lentísima a esta hora,

según se puede sentir desde esta

habitación

de hotel, donde ningún árbol aparece

para mover sus hojas.

El ventanal luce un cortinado transparente,

acostumbrado, pareciera, a quietudes

como ésta,

donde un hombre solo toma mate y

piensa,

piensa en amor, amores, en política,

y ahora

en todos estos años que partieron.

Un hombre que justamente ahora

enciende un cigarrillo

y se dice y piensa momentos, cosas,

que no atañen a estos versos.

Pero volvamos, amor, volvamos al

poema;

te decía que honda, callada y quieta

es esta tarde tan fría,

mientras escribo, fumo, tomo mate

y me deleito mirando la quietud

en el devenir de esta tarde, tan tuya

y pasajera.

 

Otoño, 2018

 

 

 

LOS DÍAS EN QUE NADIE SABE NADA

 

Nadie puede asegurarse cuándo será el día de mañana,

si dentro de algunas horas o de un mes o acaso años,

nadie puede saber cuándo volverá a caminar

tranquilo o despreocupado o nervioso por las calles,

nadie sabe, nadie alcanza a entender,

si algún país, o algún amigo, perecerá mañana,

o si acaso se cayó o se partió hace unos días,

nadie sabe nada a ciencia cierta: ni cuál follaje,

cuál paisaje, o cuál oscuridad, tendrá el mes de mayo,

aunque algunos piensan y recuerdan a sus primos,

a sus tíos lejanos, o a la escuela en que aprendieron

cómo se multiplica, cómo se resta y cómo se divide,

mientras, las calles siguen vacías, y las esperanzas

nadie alcanza a comprender si están vacías

o llenas, o si de verdad existen en el hueco de esta hora,

hay una sensación de que todo se dispersa o queda

flotando, flotando, para nada o para nadie,

o como si dios muy cansado, o muy aturdido,

se hubiera mudado para siempre a otra galaxia…

 

Buenos Aires, 1° de abril, 2020