por Miguel Núñez Cortés
 
Hernán Benítez, quien luego sería el confesor de Eva Perón, cuenta “El Forjista” en su biografía, que procedía de una familia dueña de tierras en el norte de la provincia de Córdoba en la cercanías del municipio de Villa Tulumba, pero que extrañamente su padre se cansó de la vida en el campo y terminó cediendo las tierras a los puesteros para instalarse en la ciudad capital de Córdoba donde se estableció con un almacén de Ramos Generales. Parecería esto una casualidad o una mala decisión, pero para nuestra historia es definitorio.
 
 Ya en la urbe, Hernán entra al seminario a temprana edad. Recibido u ordenado sacerdote, Benítez pronunció -el viernes santo de 1942- un sermón que duró tres horas y que fue transmitido por Radio Municipal desde la iglesia del Salvador; esa intervención le hizo ganar prestigio como un gran orador. Más adelante se enteró que el Coronel Perón había escuchado ese sermón. Lo supo por boca del propio militar a quien conoció tiempo después y con quién no tardó en entablar una relación amistosa.
 
Habían sido tales las repercusiones de aquella transmisión de 1942, que dos años después las autoridades eclesiales le pidieron que predicara los sermones de Cuaresma; también saldrían al aire pero ahora través de Radio Belgrano.
La tarde del Viernes Santo y dentro del estudio de la radio una mujer lo observaba desde atrás del vidrio. Al finalizar con su sermón, esa mujer se le acercó emocionada. Benítez se enteró que se trataba de una artista que trabajaba en el radioteatro de la radio; la mujer le dijo que necesitaba hacerle  una consulta y le preguntó donde podía atenderla, mencionando que era urgente y quedaron en encontrarse el domingo de Gloria, a las 16.00, en el Colegio El Salvador.
 
Benítez no se presentó al encuentro y la dejó plantada. Un año después del desplante, a mediados de 1945, Benítez concurrió a entrevistarse con Perón a su departamento de la calle Posadas. Cuando se despedía, Perón le anunció que su esposa quería conocerlo; Evita entró y le dijo: “Usted me conoce de Radio Belgrano. Me citó en el Colegio del Salvador y me dejó plantada ¿no se acuerda? Claro, que si yo hubiera sido una Anchorena…no me hubiera dejado plantada…..”
 
Siempre recordó el padre Benítez aquella situación: “Quien me hubiera dicho que pocos años después, aquella pobrecita niña de 25 años, a la que planté por no apellidarse Anchorena, moriría en mis brazos”.
 
Para Evita, ha memorado Benítez, “Los derechos humanos no eran  un rosario de bonitos apotegmas, ni de quiméricos ensueños. La defensa de esos derechos, cuando va de veras, importa un compromiso existencial, una toma de posición, una lucha cotidiana por un orden más justo. Ella no comprendía que pudieran defender de verdad los derechos humanos quienes usufructúan gozosos los privilegios de la sociedad individualista liberal. La defensa de los derechos humanos, desde la vida fastuosa, la mesa regalada y la mansión suntuosa, le parecía un insulto al pobre, a Cristo y al Evangelio”.
 
Eva Perón nunca pudo conciliar en su cabeza y menos en su corazón la actitud de quienes con las palabras defienden la igualdad y fraternidad entre los hombres, pero luego la nieguen rotundamente con sus vidas y sus ejemplos.
Este comportamiento dual, bifronte, de enmascarar, a Eva la sacaba de quicio provocándole declaraciones cargadas de virulencia. 
 
“Siga, Señora, en su lucha por los pobres. Pero no olvide que esa lucha, cuando se emprende de veras, termina en la cruz….”. Así le dijo a Evita, en agosto de 1947, el Nuncio apostólico en París, Ángelo Giuseppe Roncalli, el que luego fuera el Papa Juan XXIII y convocara a la realización del Concilio Ecuménico Vaticano II, que produjo el más profundo aggiornamento de la Iglesia Católica.
 
Sí, aquél Ángelo Giuseppe Roncalli, luego Juan XXIII, fue el que le advirtió personalmente a Evita  que no olvidara “que esa lucha cuando se emprende de veras, termina en la cruz”. Ejemplos, sobran.
También detestaba la obsecuencia y el oportunismo de algunos que rodearon a Perón y Eva y que sólo buscaban beneficios personales. Pero todo esto no le hacía perder de vista lo fundamental, que era el compromiso del gobierno con los trabajadores y con la soberanía nacional.  
 
Cuando Eva enfermó de cáncer, Perón le pidió a Benítez que la preparara para la muerte. El apoyo espiritual de Benítez fue constante; muchas veces ella lo llamaba por teléfono a cualquier hora de la madrugada, desde la Residencia rodeada por la avda. del Libertador, y las calles Agüero, Las Heras y Austria, para pedirle que la ayudara a rezar y así lo hacían, mientras día tras día se acercaba el fatídico 26 de julio.
 
En las horas finales, ya presente Benítez junto al lecho de la enferma, cabe preguntarse ¿qué rezaron juntos aquella noche del 26 de julio de 1952 la Evita moribunda y su confesor, a pedido de Perón?
 
“Señor crucificado, Tu, para probarme que me amas, no solo encarnaste en carne y sangre sino en angustia, en soledad y en muerte de hombre. Aviva mi fe en que Tu me amas para que al partir de la tiniebla, que es mi vida, a la luz que es tu vida, siento se funda mi cruz en tu cruz, mí muerte en tu muerte, mi amor en tu amor. Amén!
 
Y Evita partió en soledad, como parten todos los seres humanos, aquella noche aciaga. Y en ese mismo instante el pueblo hizo suyas las palabras del poeta José María Castiñeira de Dios dedicadas al pueblo dolorido, heredero de su amor y de su entrega:
 
Ha llegado la hora de estar solos y de alzarnos como mástiles de fuego sobre el haz de la historia. Ha llegado el momento de ser multiplicados, en la causa y el sentido de una lucha gloriosa. Porque fuimos sus fieles nos convertiremos en sus custodios, unidos por la fuerza vital de su memoria.
 
Porque somos su Pueblo, seremos su milicia, hasta que rompa el alba de la nueva victoria”. Hoy, 26 de julio de 2017, a los 65 años ¡más que nunca!