Por Miguel Núñez Cortés 

Arte y Literatura editó  “La paloma de vuelo popular” (1958), a partir de la Obra poética de Nicolás Guillén, período 1958-1972. Tomo II, La Habana,  1974.

Verá el lector cómo la poesía de Nicolás Guillén se engarza con los motivos de este artículo.

Hemos “jugado” con el nombre de uno de sus poemas, “Un largo lagarto verde”, que simboliza a la Cuba inmersa en el mar de las Antillas («que también Caribe llaman»), con el denodado esfuerzo  concentrado que en la Argentina sostienen tantas y tantos en defensa de una dignidad que nunca dieron por perdida y que día a día van conquistando, y cuyo distintivo universalizado es el pañuelo verde.

Y hoy necesitamos una vez más volver a hacer un ejercicio de memoria, verdad y justicia para recuperar el decoro, la decencia, la honradez en beneficio de un puñado de mujeres-niñas que sirvieron en los confines de la patria durante la guerra por nuestras Islas Malvinas. Algunas en el continente, otras embarcadas.

 

“[…] batidas por olas duras

y ornadas de espumas blandas,

bajo el sol que la persigue

y el viento que la rechaza,

cantando a lágrima viva

las islas brotan del mapa […]”

 

Invito al lector a leer “Mujeres invisibles” de Alicia Panero publicado en el año 2014 (editado a demanda por la autora). Lo dedicó a esas mujeres que nunca supieron de la sombra de un pañuelo verde que las protegiera. Ni tampoco celeste, vale aclararlo. En realidad de ningún pañuelo, ni de nadie. 

Este breve escrito quiere rendir un homenaje a esas contemporáneas valientes, mantenidas en un ostracismo pérfido impuesto por el poder. 

No tuvieron defensoras en colectivos de ningún orden y estaban geográficamente tan lejos, pero tan lejos, que ni hoteles de lujo ni teatros le dieron cabida a una televisada denuncia de violencia de género. 

Les tocó a ellas ese vivir cotidiano bajo la tensión del ataque extranjero, la recepción de los heridos y los excesos de sus superiores jerárquicos. Muchas de aquellas mujeres-niñas, enfermeras, instrumentistas, técnicas sanitarias, aun sufren las pesadillas de algo más que las secuelas de su tarea profesional específica. Algunas, la única manera que encontraron para superar las violaciones a su intimidad ha sido el refugio en el alcohol y las drogas. 

En esa relación enfermiza que se creó entre el adulto capacitado, poderoso por edad y por jerarquía y aquellas jóvenes, inermes bajo sus órdenes, dentro del clima hostil de la guerra, era común la indefinición de las fronteras, de los comportamientos personales. Se usurparon las intimidades de esas mujeres-niñas que – en su momento – estuvieron prontas a trasladarse a esos desolados parajes dispuestas a dar sus vidas por un ideal. 

Fueron destinadas al  Rompehielos Irizar, que apoyaba al hospital de campo en Puerto Argentino, al Hospital Regional de Comodoro Rivadavia, al de la base del B5 en Río Grande, Tierra del Fuego y en la Base Naval de Puerto Belgrano, en provincia de Buenos Aires. 

Obligadas a las penumbras  y a los lugares confusos, vivieron inmersas en ese aire impregnado de olores de excretos, donde el aroma más grato era el de los desinfectantes, oidoras de los gritos desgarradores de los quemados, amputados y la aterradora despedida ante la muerte cierta. El estado de indefensión era absoluto. 

El horror de los abusos quedó en el silencio del dolor;  no faltó quien creyera ingenuamente que todos esos excesos que sufrían eran parte de la consigna: «aquí se aprende a servir a la Patria». 

Las anomias fueron “hábilmente aprovechadas”, junto a perversiones psicológicas y traumatismos físicos que dejaron secuelas imborrables. 

Y el Estado, ese mal “patrón” que es el Estado, bajo cualquier régimen político (¡vaya si se sucedieron!), ni reparó, ni reconoció. Desde 1955 el poder omnímodo del Estado echó, cesanteó, persiguió, torturó, violó, dañó, lastimó, con prisa y sin pausa a hermanas y hermanos argentinos. ¿qué decirles hoy a las otrora mujeres-niñas, sobre la elusión del Estado empleador? ¿qué cobijo, qué ternura, qué cariño, debería haberles provisto ese monstruo sin cara y sin sentimientos que es el Estado opresor? 

Que los pañuelos verdes, a veces tan atomizados y porteños, encuentren en la justicia para estas mujeres-niñas de 1982, el bálsamo que permita reparar heridas que aun perduran, curar pensamientos que vuelven, reconstruir lo mancillado, lo irreparable. Los celestes, apegados a doctrinas y creencias, tienen la oportunidad de sumarse en algo concreto y virtuoso. 

Es hora que las más de sesenta (60) organizaciones representativas de mujeres, hagan su oír su voz recuperadora, ya no en Buenos Aires, sino en los mismos confines del suelo patrio. Sí, allí mismo donde sucedieron los hechos aberrantes. 

Que como un “largo lagarto verde”, se extiendan anudados los pañuelos, desde La Quiaca hasta nuestras Islas Malvinas y que el calor de su protección amiga se sienta, retrospectivamente, aunque sea una vez, en esos corazones heridos para siempre.

 Junto a las orillas del mar,

vosotras, en fija guardia,

ahí estáis,

donde el trueno de las olas

se hace uno con el grito de las alma

 

vosotras mujeres-niñas

heridas en las entrañas

 

Y tú, lagarto anudado,

del color de la esmeralda

decídete de una vez,

llégate hasta ese mapa,

enorme largo lagarto verde,

con ojos de piedra y agua.

 

Para vosotras este artículo, mujeres-niñas de guardapolvos y guirnaldas de aquél olvidado 1982. 

==========================================================================

NOTAS 

  1. Se han adaptado partes del poema de Nicolás Guillén: “Un largo lagarto verde” 
  2. Se cita el libro “Mujeres invisibles” de Alicia Panero:
  • Autor: Alicia Panero
  • Género: Historia
  • ISBN: 1409111952649
  • Nº Páginas: 220
  • Encuadernación: Tapa blanda
  • Formato eBook: PDF
  • Año: 2014