Por Miguel Núñez Cortés

 “De dónde salio la pandemia”. El mundo no se pone de acuerdo y así pasa siempre cuando están involucradas potencias políticas y militares. Pero no es eso lo que habría que tratar, sino que deberían analizarse la “causa primera” (Aristóteles dixit) que dieron lugar al brote original.

No tema el lector. No se hará aquí ningún ensayo sobre confabulaciones, conjuras o conspiraciones literarias. De ninguna manera. Se aspira a algo más.

 Se ha escurrido por el mundo, filtrándose entre intersticios y por debajo de pesadas puertas de roble, un efluvio maligno históricamente atribuido a las emanaciones de cuerpos enfermos y materias corruptas, llamado “miasmas”.

 Una visión economicista del vivir y del pensar, ha ido llevando a los seres humanos, a dejarse envolver por esa nube venenosa y maligna.

 Usos y costumbres, valores éticos y morales, se han trastocado. El posibilismo esperanzador fue suplantado por un determinismo que no sabe de fronteras, límites ni principios.  

 Es una mancha venenosa preexistente  la que ha dado lugar a la pandemia. No es la pandemia. Es precedente a la pandemia. Esta «μιασμα» (miasma), que en griego quiere decir “mancha”, es el pecado original de un mundo en crisis que solo se auto impone una dirección en su camino final hacia la muerte.

 Cerca del 24 de marzo vuelve a la memoria aquello de la “banalidad del mal” que alguna vez brillantemente enseñara Hannah Arendt .

 Y al banalizar el mal, hemos aceptado una Organización de Naciones Unidas donde CINCO países tienen la posibilidad del veto, sobre un total de 195 naciones. Instituciones de préstamos como el FMI, leonino en sus principios liminares y ladrón entre las sombras; tampoco asombra que las fuerzas armadas de un país ataque a otros, que sus drones – vectores asesinos sin conducción humana in situ – se hagan señores de la vida y de la muerte en cielos lejanos y en tierras yermas.

 Sin la anticipación fertilizante de las miasmas no se hubiera propagado con la velocidad del rayo que no cesa el COVID 19. Puede decirse, a modo de ejemplo, que el país europeo que mayor cantidad de muertos por días contabiliza, todavía hoy está dudando si paraliza sus fábricas y ordena un aislamiento absoluto. Con 700 muertos por día. El pensamiento rector hace prevalecer la economía sobre la muerte. Es un precedente que inhibe las decisiones, aun cuando lo que está en riesgo es la existencia misma de un país, de una región, del mundo.

 El miasma en homeopatía es la alteración de la energía vital del individuo que lo predispone a padecer determinadas enfermedades. Millones de individuos tienen, por elección o por educación, su energía vital trastocada. Y después, recién después, esas sociedades hipócritas dirán que las pandemias son inmanejables y todo lo conocido saltará por el aire como el payaso con resorte aprisionado dentro de una caja de cartón.

 Es en esta manera de percibir al hombre y a la vida, que se debate la sociedad enferma. Las miasmas purulentas cambiaron la mirada de la sociedad toda, sin exclusiones ni diferencias. Ello será así hasta que un viento puro y bravío sea capaz de devolver la claridad a las aguas en los canales de Venecia, permitiendo, además, que miles de ojos asombrados observen en las costas italianas delfines y cisnes.

 ¿Serán éstas las nuevas formas de entender  el contrasentido de “Buscar en la muerte la vida” (de Miguel de Cervantes):

Busco en la muerte la vida,
salud en la enfermedad,
en la prisión libertad,
en lo cerrado salida
y en el traidor la lealtad.
Pero mi suerte, de quien
jamás espero algún bien,
que el cielo ha estatuido,
pues lo imposible que pido,
lo posible aún no me den.

“Todavía se está a tiempo”