Por Miguel Núñez Cortés.

La ida al fin del mundo

Corría el mes de marzo de 1976. Un cielo azul, sin nubes, me permitió observar, como si fuera un mapa, el Estrecho de Magallanes desde el BAC 1 – 11, que iba descendiendo para aterrizar en Río Grande.

Aunque fuera marzo, el frío se hacía sentir en esas inmensidades yermas, interminables. El silencio y la soledad eran absolutos, salvo por la presencia de alguna zorrito o guanaco.

Terminé algunas cosas pendientes del estudio a lo que luego sería el primer gasoducto que cruzaría el Estrecho de Magallanes, uniendo San Sebastián (en la isla) y el Cabo Espíritu Santo (en territorio continental) e hice los trámites correspondientes para pasar con el vehículo de Gas del Estado al territorio chileno.

Esperé algunas horas y pude cruzar el Estrecho a bordo del transbordador chileno Crux Australis. Nuevamente en caminos chilenos llegué hasta la frontera con la argentina, y ya en territorio nacional me dirigí al Hotel Comercio de Río Gallegos, previa cena en “La Fusta”. Tuve la grata sorpresa que en una de las mesas cercanas comía, con sus correligionarios locales, el Dr. Oscar Alende, fundador del Partido Intransigente. Lo fui a saludar. Me invitó a su mesa.

El Cabo de la Once Mil Vírgenes. Su faro.

Se accede a él desde Río Gallegos transitando durante 130 km la Ruta Provincial N° 1. Su nombre lo recibe del accidente geográfico descubierto por la expedición de Hernando de Magallanes el 21 de octubre de 1520, quién bautizó al lugar como «Cabo de las Once Mil Vírgenes».

La nieve a orillas del Estrecho

Toqué con mis manos una materia oscura depositada sobre algunas rocas y pedregullos de la orilla. Recordé que el Metula – un superpetrolero holandés al servicio de Shell encalló en la noche del 9 de agosto de 1974 a las 22:15 horas, en el sector más angosto del Estrecho de Magallanes, causando un derrame de petróleo de 55.500 toneladas (12.000 más que el Exxon Valdez).

Sin embargo, el accidente no tuvo la menor difusión. Tal vez porque ocurrió en el fin del mundo…

Trabajé sobre la playa y sus cercanías. Se había hecho la noche y nevaba copiosamente. Dí vuelta mi camioneta para ir hacia el Faro de Cabo Vírgenes y observé que la huella ya estaba cubierta por la nieve. A los lejos distinguía la luz del Faro. Avanzaba lentamente con la doble tracción, bastante a ciegas. A unos 1000 metros del Faro la camioneta se encajó en la nieve y vanos fueron mis esfuerzos para poder salir de ese atasco. Tomé la linterna y mi sombrero de cuero y lana y comencé una incómoda caminata para buscar la ayuda de la Prefectura  del faro de Cabo Vírgenes.

Ellos ya me habían visto desde el promontorio ubicado a 69 metros sobre el nivel del mar. A pesar de esa altura y la distancia percibieron como los dos focos de mi camioneta estaban detenidos.  No les extrañó cuando llegué embarrado hasta las rodillas, mojado y con frío. Me ofrecieron mate cocido y unas galletas, que aproveché sin chistar. Convinimos el rescate de la camioneta en ese momento. Me acompañarían dos prefectos en un vehículo de la institución hasta las cercanías de la camioneta. Ellos darían vuelta la camioneta para poder tirar de la soga ¿de la soga? Si, una soga marinera de muy buen diámetro. Estacionaron su vehículo unos 50 metros antes de mi camioneta.

Un fantasma

Empezó el proceso. La soga se puso tensa. Temía que se cortara. Miré – como es costumbre en todo conductor – por el espejo retrovisor y observé, alumbrado por las luces traseras de posición de mi camioneta un rostro humano y dos grandes manos apoyadas en la caja, “pechando” para desencajarla. Una aparición fantasmal en esa oscura noche. En instantes volví mi mirada a la camioneta de Prefectura. Cuando las ruedas encontraron tierra firme, mi vehículo salió expelido hacia delante, acelerado por ansiedad propia del conductor; casi choco con el de Prefectura. Me baje y pisé la soga enrollada sobre si misma. Los Prefectos vinieron a mi encuentro y estreché sus manos, agradecido.

Inmediatamente giré mi cabeza para localizar a esa figura espectral que observara por mi espejo retrovisor, empujando, “pechando”, sin que nadie se lo hubiera pedido. Se lo comenté ahí mismo a la gente de Prefectura, quienes sonrieron y me prometieron contármelo cuando estuviéramos de retorno en el Faro.

Una historia inesperada

Me relataron que en el siglo XIX  los vecinos de Punta Arenas primero, y aventureros de todo el mundo después, se convirtieron en lavadores de oro – también llamados pirquineros – “cosechando” lo que encontraban y cambiándolo por alcohol y prostitutas en los tugurios de Punta Arenas.

La fiebre del oro se fue apagando poco a poco, y la presencia de la Prefectura, junto a los recién arribados sacerdotes Salesianos y los ovejeros pioneros, posibilitaron el crecimiento paulatino y constante de lo que es hoy Río Gallegos.

Por distintos motivos y caminos llegaron los  “alemanes del Volga”. Uno de ellos, Nicolás Asselborn, decidió integrar otro contingente inmigratorio, distinto del Volga. Esta vez dejaban las tierras rusas para dirigirse a la Argentina entusiasmados por algunos compatriotas y la publicidad oficial del Gobierno de Buenos Aires.

De este modo, el 14 de noviembre de 1877 salieron de sus tierras rumbo al sur, a una colonia agrícola que debían fundar en la provincia de Entre Ríos.

Aquí nació Conrado Asselborn el 10 de febrero de 1916, como todos ellos diestro en los trabajos del campo, de talla mediana, rubio, de fuerte contextura, agauchado en sus costumbres, tomador de mate, excelente jinete, domador y muy hábil en el manejo del cuchillo en las tareas rurales.

Mozo de 34 años Conrado decide instalarse en Cabo Vírgenes al pié del promontorio, bajo la luz protectora del faro a orillas del mar, a unos 100 metros de la línea de la más alta marea.

Alguien le preguntó: “¿Dígame Conrado, y cuando se  enferma, como se las arregla?” Y le contestó: “Tengo buena salud. Me curo solo. Yo no doy trabajo a los demás ni lo voy a dar. Cuando la cosa sea muy grave sé lo que tengo que hacer”, y nadie fue capaz de preguntarle que haría.

Segunda semana de mayo en 1992

El viento, cortado por el borde las chapas, producía el clásico silbido con el que Conrado, en base a su experiencia, calculaba la velocidad del viento: “No baja de 90 km por hora” pensó, pero eso ya había pasado anteriormente y el techo lo había resistido más de una vez.

Si el viento cedía, la chapa se asentaría sobre el techo y él podría, sin mucho trabajo subir al techo y clavar la chapa. Mil veces en cuarenta años. Pero ahora tenía 76 años y ya no era tan seguro en sus movimientos como antes.

La breve calma del viento fue seguida por una ráfaga de 120 km. a juzgar por su fuerza.

No la resistió y cayó desde el techo a la arena del frente de su casa. Ahora que la cosa era muy grave, “sabía lo que tenía que hacer”.

El camino estaba despejado. Al costado de su cama estaba la fiel escopeta. Llegó hasta ella con harta dificultad, y usándola de bastón, con el caño hacia abajo regresó a la silla. Como todas las cosas que hacía no estaba ni triste ni contento.

Ningún otro hombre escuchó el ruido del disparo aquél 12 de mayo de 1992 y recién a los dos días el “torrero” del faro, que no veía humo en la chimenea de la cueva de Conrado, bajó a ver que pasaba.

Conrado descansa en un pequeño cementerio, a tres kilómetros de su refugio. Certifican su tumba una cruz de madera y unas piedras blanqueadas, junto a algunos objetos que dejan los visitantes.

De regreso

Al día siguiente partí en avión a Río Grande, en la Isla de la Tierra del Fuego, a terminar los últimos trámites.

A bordo del avión meditaba sobre las cosas sucedidas. En mi interior coexistían distintas sensaciones: tenía terminado mi trabajo de campo del que luego sería el gasoducto más austral del mundo, había superado una situación delicada en medio de la nieve, del frío y de la oscuridad, con la ayuda de Prefectura y recibido la ayuda de Conrado Asselborn. Luego me enteré que en ese 1976  hacía un mes que Conrado había cumplido sus 60 años. Tuvo coraje y un corazón grande para salir a ayudarme y no esperar las gracias.

Ese 24 de marzo de 1976, cuando me levanté por la mañana, no imaginaba lo que iba a pasar en Buenos Aires. Tenía que partir  de retorno. No pude salir de la Isla de la Tierra del Fuego. Ahí empezó para mí una dolorosa e inolvidable historia. Mejor no recordarla.

El gasoducto, a decenas de metros de profundidad, hace muchos años que está apoyado sobre el fondo del Estrecho de Magallanes. Sumergido.

Esta inmersión fue un éxito de la ingeniería, que perdura luego de 45 años. Hubo otra inmersión que debía de ser transitoria y que se convirtió en definitiva. El ARA San Juan permanece dolorosamente sumergido hace dos años, como testimonio de la imprevisión y el egoísmo humano.