Por Guadalupe Granero Realini

Entre las vorágines y las despolíticas urbanas, entre las pérdidas de sentido colectivo, de la ciudad cada vez más mercantilizada, de sus lugares dispuestos al mejor postor, también pasan cosas lindas.

Vecina¹ hace música en la vereda. En una vereda de Colegiales, que podría ser cualquier vereda, porque al final la única infraestructura que sostiene el encuentro es el enchufe de la casa de una vecina -también- que, alargues mediante, permite conectar alguna que otra computadora, un parlante, un proyector. El resto son las voces sublimes, cuerdas de guitarras y ukelele, rítmicas percusiones. Acordeón. Calle. Gente. Sillas de playa y lonas sobre el asfalto. Muchas bicis. Algunos perros. Y la tarde que le cae al domingo cada un par de semanas. Es lindo porque la música es linda. Y porque la calle a esa hora, y porque el humor relajado y sincronizado en ese rato, y porque el aire desconectado de la city porteña. Todo hace una buena excepción. Entre tema y tema una vecina dice que les encanta que lleven reposeras de colores. ¿Y qué importa el asfalto? El mate hasta parece más rico.

Conmueve por varios lados. Primero, porque en plena era de la comunicación globalizada y sus reacciones de derecho-de-autor, salen a la calle y tocan. No hay entrada, no hay gorra, ni chanchito. No porque el trabajo no vale, porque de una u otra forma todos trabajamos a cambio de una retribución monetaria para pagar la luz. Pero es maravilloso sentir que alguien elige dar y darse, compartir su pasión, o su capacidad, o sus quehaceres por el simple (aunque extraordinario) hecho del placer de la comunión con los otros. Sea músico, zapatero o abogado. La belleza se reproduce a sí misma; pero hay que ponerle belleza al día, en primer lugar. Des-mediar los vínculos del intercambio económico -incluso encubierto, bajo la forma del trueque amable- permite que otras relaciones se desplieguen. Siempre algo va y algo viene, claro, pero ya estamos hablando de otras cosas en circulación.

Vecinazgo 2 por Guadalupe Granero Realini

La palabra vecina resignifica. Los vecinos ya no son la gente bien, la gente “honesta y trabajadora” de la ciudad, ese arquetipo mediático construido a fuerza de violencias sociales. Los vecinos vuelven a ser la gente que habita un lugar, vuelven a ser los ciudadanos. Podemos seguir pensando en lo extra-ordinario de esta situación, en cuán atípico resulta recuperar percepciones de lo colectivo -que ya no podemos afirmar con mucha precisión que alguna vez tuvimos (sí, ya hay generaciones nacidas y criadas en barrios privados, niños y niñas que, en rigor, no saben lo que es la calle). Sin embargo, podemos mejor pensar que simplemente estas cosas pasan. No importa cuánto o dónde, pasan. La vereda de Vecina es sólo un pedacito de esta realidad fragmentada donde aún se ponen en juego no sólo vínculos no mercantilizados, sino otros imaginarios de lo que es la ciudad.

Esto pasa. En el mar de las eternas pujas de la especulación electoral que definen las políticas públicas (a dónde van los recursos, qué se hace, para quiénes) y de los debates académicos sobre el rol del espacio público, la importancia de promover otro modelo urbano, las estrategias así y asá para usar, apropiarse de, cuidar y otras ideas forzadas para que eso, el espacio público, haga parte de la vida cotidiana, mucho más que lo privado-cada-vez-más-puertas-adentro de nuestras casas, esto pasa. Si es verdad que hicieron cincuenta veredas sin proponérselo, brindemos entonces por la inconsciente subversión. Porque en lo aparentemente inocente de cantar en la calle, han desbordado cajones y cajones de papeles con teorizaciones inútiles. Ya sabemos que la calle vive en la medida en que la gente la usa, y que la gente la usa en la medida en que la gente la usa. Parece sentido común pero, en serio, hay toda una intelectualidad dedicada a explicarlo e incluso comprobarlo científicamente. Mientras la televisión encendida alimenta el discurso de la inseguridad y de la violencia, al tiempo que anestesia con espectáculos ridículamente idiotizantes, la ciudad que imaginamos -nuestros imaginarios urbanos, cómo construimos ideas sobre lugares que no necesariamente conocemos- se vuelve una especie de autoprofecia cumplida (porque, ¿quién saldría a la calle en estas condiciones?)(¿qué condiciones habría con esta gente que no sale a la calle?). Pero también en este mientras la veredas se reinventan. Sin demasiadas mediaciones racionales, tirarse un rato en una lona sobre la calle, mirar para arriba y ver el cielo, el fondo de una casa chorizo, fachada-escenario, es simplemente lindo.

Vecinazgo 3 por Guadalupe Granero Realini

El vecinismo sería tal vez la experiencia colectiva de lo colectivo, la vivencia de todos de lo que vivir con todos significa, condición insoslayable si las hay para pensar estrategias reales, concretas y concretables, de recuperar el espacio público. Vecinazgo es el vínculo.

A través de la música, Vecina lo pone en práctica. Lo practica. Lo hace y en eso es que los vecinos lo hacen también, nutriendo ese instante musical de insospechadas otras cosas que, aunque no podamos nombrarlas, parecen ser las que recuperan la ciudad para los ciudadanos.


¹ www.vecinacanciones.com.ar