por Marcelo Brignoni*

En estos días, tras la fachada de la “preocupación occidental” por la democracia en Venezuela, se puede ver fácilmente, que lo que se disputa realmente, es el control y la explotación del petróleo venezolano.

Venezuela es condenada y bloqueada, mientras fenómenos como el del Estado Islámico, que extrae petróleo, lo transporta por vías terrestres hasta puertos visibles y lo comercializa para su financiamiento, no merecen bloqueos, ni ataques militares ni intervención punitiva alguna.

Tampoco hay observaciones ni sanciones, hacia las brutales políticas de persecución y asesinatos de opositores en Arabia Saudita, país al que la comunidad occidental, con un dejo de hipocresía notable, le ofrenda la Presidencia del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas

Estos son solo, algunos de los ejemplos que demuestran, que a Occidente no le importa la democracia en Venezuela. Le importa capturar su gobierno para disponer de su petróleo.

Resulta necesario entonces, echar luz sobre la actualidad del mercado petrolero mundial, sobre su influencia en Estados Unidos, en Venezuela, y en la geopolítica global. Intentar así una aproximación más cierta, para saber de qué estamos hablando, cuando hablamos de Venezuela.

Estados Unidos ha sido por años, el principal importador de petróleo crudo del mundo, pero a su vez un gran productor.

A contramano de su discurso público en la materia, Estados Unidos tiene fuertemente regulada su actividad petrolera, y ha ocultado que desde 1973 está prohibida en ese país, por “razones de seguridad nacional”, la exportación de petróleo, salvo en circunstancias excepcionales. A pesar de esto, le exige a Venezuela y al resto de los países de la OPEP, una total desregulación.

Esta decisión de prohibir las exportaciones de crudo estadounidense, de la que se cumplen 45 años, fue tomada entonces, según ellos mismos dijeran “para protegerse ante las fluctuaciones severas de precios y suministros internacionales”. A pesar de ello y en una creación lingüística con pocos precedentes, Estados Unidos llamó a esta prohibición “voluntaria”.

Si bien en el mundo hay 161 tipos distintos de crudo, que se corresponden con otras tantas zonas petroleras, las cotizaciones preeminentes son las del Petróleo Brent, localizado en el Mar del Norte que se toma como referencia para Europa y, la del West Texas Intermediate (WTI), cuyo precio de referencia se utiliza en Norte América. Se suma ahora el Petróleo de Esquisto o Petróleo de Fracking, que viene creciendo en Estados Unidos, pasando de 248 a 612 plataformas activas a fines de 2017, según la firma consultora Baker Huges.

Esta nueva situación energética, ha determinado que, en la vocación de ser autónomo energéticamente, Estados Unidos expanda la extracción de Shale Oil vía Fracking. Sin embrago, los condicionantes producidos por el tipo de tecnología que utilizan la mayoría de sus refinerías intrateritoriales, concebidas para refinar petróleo pesado, le muestran una barrera real y no prevista, que atrasa y condiciona el viejo anhelo de Obama, de abandonar la dependencia del petróleo venezolano.

Esta “utopía energética estadounidense” de “autoabastecimiento” sigue hoy impulsada fuertemente por la acción de Rick Perry, Secretario de Energía de Estados Unidos y Gobernador de Texas entre 2000 y 2015, pero ya se cobró a su primera víctima importante, con la salida de Rex Tillerson, CEO Petrolero de Exxon Mobil y hasta hace muy poco, Jefe del Departamento de Estado, el que fracasó de modo rotundo en su estrategia de desestabilizar al Gobierno de Nicolás Maduro y ponerlo en manos de la casi extinta, Mesa de Unidad Democrática Venezolana.

A pesar de este “esfuerzo estadounidense por la democracia”, Venezuela sigue teniendo “aliados tácticos” al interior de la política estadounidense. De hecho, la mayoría de las refinerías de ese país, sobre todo las ubicadas en los estados norteamericanos limítrofes del Golfo de México, Florida, Alabama, Misisipi, Luisiana y Texas, solo pueden procesar el crudo más pesado que viene de países como México y Venezuela, pero no el producido en Estados Unidos. El propio conglomerado petrolero estadounidense así lo reconoce, y el grueso de la mano de obra estadounidense, vinculada a la industria del petróleo en esas regiones, se vincula a esta limitación productiva. La carta enviada hace muy poco, por un conjunto de Senadores de estos Estados al Presidente Donald Trump, pidiendo “moderación y sensatez” en su estrategia para con Venezuela, resaltan esta situación.

Estados Unidos necesita reconvertir sus refinerías de petróleo pesado para procesar crudo ligero procedente de sus producciones de Shale Oil. Para ello necesita tiempo, y ese tiempo querría transcurrirlo, controlando la producción venezolana de petróleo, con estrategias que ya aplica en México.

Tres años después de la pomposa “reforma energética”, destinada en realidad, a privatizar y desmantelar Petróleos Mexicanos PEMEX, el gobierno de Peña Nieto se desbarranca en el repudio popular y su defensa de los negocios petroleros de intereses estadounidenses, ni siquiera le ha permitido, que Estados Unidos postergue el bochorno al que somete a México, con la insistencia de Trump en la construcción, del “muro” fronterizo.

Esta necesidad estadounidense, de transitar sin dependencias, la “transición tecnológica” de sus refinerías, es lo que está impactando en su fracasada política de hostigamiento hacia Venezuela, que, desde hace mucho tiempo, desde mucho antes de que Chávez llegara al gobierno en 1999, tuvo al petróleo como un elemento fundamental de la vida política del país.

Ya a principios del siglo XX, Juan Vicente Gómez, un presidente venezolano que fuese muy cuestionado por entregar a compañías extranjeras amplias concesiones petroleras, comprendió la necesidad de que los venezolanos entendiesen el mercado internacional petrolero. Cuando esa industria estaba también iniciándose en Estados Unidos, ya había venezolanos estudiando ingeniería petrolera en sus universidades.

Venezuela es un país que, desde hace 100 años, cuenta no solo con recursos naturales petroleros, sino también con recursos humanos calificados, para el desarrollo de la industria petrolera en el país.

Más tarde, el período del puntofijismo, el acuerdo de 1958 que dio origen al bipartidismo moderno, que se hundió con el caracazo de 1989, sería sin embargo, el encargado de consolidar esta relación entre petróleo y política.

El primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, líder por entonces de Acción Democrática, crearía por decreto gubernamental del 30 de agosto de 1975, Petróleos de Venezuela Sociedad Anónima, PDVSA. Luego, el 2 de noviembre de ese año PDVSA absorbería las operaciones y activos pertenecientes a la Corporación Venezolana del Petróleo, y a partir del 1 de enero de 1976 tomaría a su cargo la planificación, coordinación y supervisión de todas las operaciones hidrocarburíferas del país, incluidas las antiguas concesiones de empresas petroleras estadounidenses privadas, las que serían nacionalizadas y estatizadas, bajo la tutela del Ministerio de Energía y Minas, conforme al marco legal establecido en la Ley Orgánica que desde agosto de 1975, reserva al Estado, la regulación y el desarrollo de la Industria y el Comercio de los Hidrocarburos.

Pocos saben que la Estatización y Nacionalización del Petróleo en Venezuela ha sido una política de estado que viene de lejos y no un capricho del chavismo, como falazmente se intenta presentar.

De hecho, Juan Pablo Pérez Alfonso seria quien después del Pacto de Punto Fijo de 1958, y durante el gobierno que presidió Rómulo Betancourt (1959-1964) llevaría adelante el Ministerio de Minas e Hidrocarburos de Venezuela, desde donde junto a Arabia Saudita, impulsaría la creación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en agosto de 1960. Un sistema de cuotas de producción y acuerdos internacionales, que estabilizara los precios, por la vía del control del volumen de la oferta y así evitar el despilfarro de un recurso que se agota sin posibilidad de renovarse, y que era explotado de modo discrecional por las compañías de los países occidentales, que operaban como ejércitos de ocupación extractiva, de los países productores.

En 1986 PDVSA adquirió CITGO, con ocho refinerías en Estados Unidos, tres oleoductos y participación en otros tres, además de ser boca de expendio minorista en seis mil estaciones de servicio en todo ese país. Eso le aseguraba a PDVSA el seguro acceso al mercado norteamericano y a refinerías destinadas específicamente a procesar crudo con las características del venezolano.

Durante décadas, desde los años cincuenta hasta nuestros días, los petróleos venezolanos junto a los canadienses han sido centrales en la política energética estadounidense. Hugo Chávez lo sabía muy bien y nunca interrumpió el suministro de petróleo venezolano a Estados Unidos, ni siquiera en los momentos de máxima tensión, entendiendo como central la idea de tener “aliados tácticos” al interior del poder económico y de la política estadounidense, porque aún hoy Estados Unidos, es el destino, del veinte por ciento de la producción de petróleo venezolano.

La estrategia de soberanía política y energética, impulsada por Chávez desde 1999, y continuada hasta el presente, si bien ha sido resistida por la política internacional estadounidense, no le ha permitido a ese país, romper lanzas definitivas con Venezuela, a quien aún sigue comprando petróleo, hasta la actualidad.

Por todo esto, es muy fácil advertir que el eje del debate actual impulsado por los “demócratas de occidente” no es su “preocupación democrática”, sino su vocación de volver al estado de la industria petrolera venezolana, en aquel viejo modelo extractivo extranjerizado. A ese modelo de explotación petrolera previo, ya no a Chávez, sino a la propia creación de PDVSA. Pretenden volver al antes de 1975, con el mismo mapa de concesiones extranjeras que hubo entonces, y con “nuevos socios” europeos.

De esto hablamos cuando hablamos de Venezuela, de la valerosa lucha de un pueblo y de su gobierno por mantener la soberanía popular y el control de su territorio, el de sus recursos naturales y el de su futuro, ante la hipocresía de un mundo occidental que solo ve en la obscena y desigual acumulación de capital y en el descarte de buena parte de la población, condenada a la miseria y el destierro, el objeto de su acción política.

Las elecciones del 20 de mayo de 2018, seguramente demostrarán que Venezuela, su pueblo, su gobierno y sus fuerzas armadas, seguirán siendo un faro de dignidad y lucha.

Que así sea.

 

*Presidente Fundación Encuentro por la Ciudadanía Social