por Fernando S. Basso *

La invitación de Alberto Fernández resuena no solo como una esperanza concreta para que el próximo 10 de diciembre llegue a su fin la política de entrega de soberanía y destrucción del aparato productivo argentino puesto en práctica por CAMBIEMOS, sino que puede entendérsela también como una fresca invitación a repensar algunas prácticas inconvenientemente enquistadas en nuestra sociedad.

Tal es en el caso de nuestra forma de “hacer” comercio exterior, ejercicio colectivo que impacta en el núcleo ontológico del ser humano: el trabajo, y resulta ser además, la única “fuente genuina” del fetiche moderno por excelencia: el dólar estadounidense.

Proteger la industria y agroindustria, aumentar las exportaciones y disminuir las importaciones, conforman una tríada conceptual axiomática para cualquier estadista cuya matriz de acción política sea la creación, aumento y diversificación del trabajo de sus connacionales.

Ello es así y se comprueba que funciona como una regla de oro en los países que devienen en actores centrales en el contexto del comercio internacional y, por derivación, podría decirse que no debería existir ningún país en el que su Estado soberano renegara de su rol central en la regulación eficiente de toda su interacción internacional en beneficio de su propio aparato productivo y la reproducción de su matriz sociocultural y económica.

Aunque se pudiera argumentar que la República Argentina en la era CAMBIEMOS es un perfecto contraejemplo de ello por su accionar decididamente extranjerizante, no debemos ocultar que en realidad, éste es un problema que convive con nosotros casi desde siempre, aunque con la clara excepción de los períodos de gobierno de Juan D. Perón, Néstor Kirchner y Cristina Fernández.

Es habitual escuchar y leer en los textos de economía sobre las virtudes de cada una de aquellas premisas. Pero sin embargo, al estudiar nuestra historia social conjuntamente con la normativa que regula o “desregula” el ejercicio efectivo de nuestra compraventa internacional, se entiende porqué ocupamos allí una posición marginal. Y eso responde, entre otras, a dos razones centrales. En primer lugar, son muy pocas las políticas estatales concretas que las hubiera imbricado de una manera conveniente para la totalidad del pueblo argentino, por fuera de la experiencia virtuosa del IAPI, y en segundo término que explica su desbarajuste es la compulsiva obsesión por la cuenta comercial y su saldo en dólares inaugurada en tiempos de la última dictadura militar.

Desde mi punto de vista, que la política comercial externa argentina parezca inevitablemente destinada a ser un fantasma errante entre aquellos que pujan entre “facilitación/liberalización” versus  “restricción/obligación”, soslaya sus innumerables potencialidades positivas y empantanan todo intento por repensar su importancia para el desarrollo integral de nuestro pueblo. Y esto último incluye la renuncia lisa y llana al manejo estratégico virtuoso (si es que ello fuera totalmente posible) de una moneda extranjera que destruye cualquier soberanía nacional distinta de la norteamericana.

Ciertamente, a todo ello debe agregársele el inconcebible accionar de éste gobierno patogénico que hace un culto de la negación de la realidad del comercio mundial, el cual prácticamente desde siempre, pero muy especialmente desde la finalización de la 2da Guerra Mundial, estuvo, está y estará fuertemente intervenido y regulado por los actores políticos centrales del contexto internacional.

Sólo la Argentina de CAMBIEMOS se niega a aceptar que el GATT (Acuerdo General de Aranceles y Comercio) creado en 1948 sigue conformando la “política” del comercio internacional, aunque en 1995 haya mutado después de varias rondas de negociaciones internacionales a la actual OMC (Organización Mundial de Comercio) así como parece no entender que sus 164 miembros no son empresas sino “países”, haciendo gala de una absoluta e increíble “selección antinacional” de las herramientas legítimas para regular el comercio, haciendo prevalecer alguna facilitación modernizante que no va más allá de lo estrictamente documental al tiempo que guardando bajo siete llaves a las barreras arancelarias, para arancelarias o hasta aquellas de última generación que podríamos denominar “políticamente brutales” inauguradas por Donald Trump que también podríamos utilizar.

No debe escapar a nuestra atención el hecho de que, tal vez, toda ésta política comercial externa no comporte ningún tipo de “error de gestión” sino que, estricto contrario, sea algo articulado deliberadamente, lectura con la que, debo confesar, me siento más cómodo, toda vez que, por ejemplo, haber eliminado la obligatoriedad del ingreso de divisas sabiendo que ellas se generan en gran medida por las transacciones internacionales de commodities que manejan desde añares “mamushcas empresariales” de rostro dibujado y transnacionales casi inasibles, sumado al descomunal negocio montado a costa de la producción argentina con demenciales tasas de interés que ningún país ni siquiera osaría pensar en instaurar, naturalmente ocasionaría el descalabro financiero que “obligó” a recurrir al FMI, poniendo en jaque ¿mate? a las próximas 3 administraciones, al menos.

Así las cosas y si lo que se impone entonces es “Volver para ser mejores”, propongo en éste capítulo repensar dónde están las matrices de nuestros innumerables fracasos comerciales y sin dudas, la concepción y el manejo real del comercio exterior es uno de ellos y lo resumo de la siguiente manera.

Volver para:

  1. Retomar el manejo político integral del comercio exterior argentino, para la protección del trabajo nacional;
  2. Reimplantar automáticamente la obligatoriedad del ingreso de divisas para la totalidad de las exportaciones, para revitalizar la soberanía cambiaria;
  3. Reinstaurar el esquema de derechos de exportación anterior al Decreto 133/2015 y acortar significativamente el plazo de pago, para cumplir con la constitución nacional;
  4. Revisar la totalidad de las exenciones y beneficios otorgados por CAMBIEMOS a las importaciones que exhiben vicios procedimentales e inclusiones indebidas, para atacar al contrabando.

Y siendo mejores para:

  1. Poner la totalidad de la información con que se cuenta en el Estado al servicio de la sustitución inmediata de importaciones, para reactivar la producción en función de la enorme capacidad industrial ociosa;
  2. Despejar y “limpiar” la totalidad de la normativa que regula la importación y exportación de mercancías, para eliminar las incongruencias y vacíos legales que afectan su funcionamiento y propician el contrabando;
  3. Abandonar la costumbre histórica de articular sus políticas y normativa por efecto de la presión de los sectores económicos concentrados, reclamos sectoriales de la intermediación comercial, amiguismo empresarial o de concepciones teóricas de economistas que no puedan demostrar su propuesta en la práctica real para afirmar sus hipótesis, para permitir que la inunde la inteligencia popular;
  4. Establecer que la Dirección General de Aduanas y la Secretaría de Comercio Exterior (o como se la fuera a llamar) se dediquen a controlar férreamente el flujo de mercaderías en base a una nueva usina de políticas estratégicas que elabore un “Consejo Federal” a crear que integre en un trabajo multidisciplinario, la producción, cultura, educación, ciencia y técnica y medio ambiente, para recuperar, reactivar y desarrollar armónicamente a toda la nación en su conjunto, y siempre en base a la medición concreta del impacto económico y medioambiental de todas sus medidas;
  5. Desarrollar una política “especular” para el caso de las negociaciones comerciales bilaterales y multilaterales, para que prevalezca el principio de soberanía popular;
  6. Establecer un sistema de trazabilidad comercial para determinar el efectivo valor en aduana de las mercaderías, especialmente las de exportación, para evitar la evasión y elusión arancelaria e impositiva;
  7. Ejercer un control fiscal absoluto (pesar, contar y medir) aleatorio y reservado para el momento del ingreso de mercaderías a “zona primaria aduanera” y, para el caso de las exportaciones de commodities y minerales, también en el “puerto de destino”, para certificar el efectivo pago de los aranceles correspondientes en base a lo realmente exportado;
  8. Enviar un proyecto de ley para que el derecho de exportación no sea “trasladable” al productor no exportador, para ser justos y que los aranceles recaigan sobre las personas jurídicas que correspondan;

Y al mismo tiempo, propongo que se implementen dos nuevas líneas de acción cuyo impacto podrá determinarse y evaluarse recién el mediano y largo plazo pero que su efectividad potencial está medida por su razonabilidad y oportunidad, ya que tienden a establecer un aumento permanente y sostenido de la cantidad de exportadores y, consecuentemente, provocar un cambio de mirada sobre la posibilidad de hacer comercio exterior.

  1. Instaurar lo que llamo “mercados argentinos exteriores – MAE” en otros territorios nacionales, transformando la acción estatal de facilitadora a propiciadora o realizadora, para que los argentinos encuentren una vía para lograr su moneda de atesoramiento directamente y sin intermediarios, casi inmediatamente;

Y por último y más importante que todo lo hasta aquí expresado,

  1. cumplir fielmente con el mandato histórico de Manuel Belgrano, quién en Memorias del Consulado (1796) nos habló sobre la necesidad de educar para la práctica del comercio exterior a los argentinos, para poder demostrar, sencillamente, que alguna vez seremos mejores. Instaurar la especialización en comercio exterior e internacional concarreras afines en miles de escuelas de enseñanza media en todo el país y en la totalidad de las universidades públicas, en el sistema público universal, gratuito y universal es lo correcto, tanto para poder abordar su complejidad, la cual exige una preparación temprana, como para lograr la asimilación consciente respecto de lo que representa para una sociedad entender al “mercado exterior” no como a “lo otro” o una cancha para jugar de visitante, sino como lo hacen los sajones desde hace seis siglos y más recientemente la República Popular China, como una “extensión de sus mercados internos”.

Como dijo Blaise Pascal, el mundo está lleno de buenas máximas, solo falta aplicarlas.

Éstas y muchas otras herramientas, soberanas e inteligentes, esperan su turno. No obstante, algo es seguro: para que en nuestro país tengan alguna posibilidad de ser, hace falta que un gobierno nacional y popular las haga suyas.

* Politólogo – Despachante de Aduana