por Rosana Herrera

 Tengo que hacerles una confesión: no teníamos mucha fe en la respuesta de lxs lectorxs a estos pretendidos “retratos de ciudadanxs de a pie” a lxs que me encanta observar y poner voz. Que es lo hago entusiastamente sólo como una tucumana orgullosa, abuela sexagenaria, lectora compulsiva y que siente pasión por las ideas y compasión por lxs que sufren (¿les suena esta descripción?). Pero a diario me sorprenden gratamente los mails y los mensajitos de varixs paisanxs que se toman el trabajo de leerme y de hacer comentarios, (sobre todo aquellos que muestran que se sienten identificadxs con algunos de estos personajes o escenarios que mi memoria atesora). Les cuento que hay un lector que reniega de mis equis porque dice que le lastiman los ojos y al que le agradezco que lo manifieste pero públicamente le pido por favor que haga un esfuercito y no se nos vaya, porque hay muchxs otrxs que me chusmean que no les molesta y que ya se acostumbraron, porque entienden que lo que quiero es justamente molestar a través del uso de un lenguaje incómodo y despertar la polémica sobre su origen transgresor, pensando en lo que intenta significar. A todxs lxs demás que me piropean (poco) me putean (mucho), me corrigen (bastante) y me aportan (muchísimo) les agradezco la fidelidad y lxs abrazo.

También debo contarles que la historia que les comparto hoy es en realidad a pedido de una vecina muy querida (con quienes siempre solemos arreglar el mundo en la vereda de los mismos proveedores domésticos), brillante profesional que no puede mostrar en público supensamiento, por su carácter de contratada en una repartición nacional y por su condición de único sostén de familia. Para vos, compañera, van entonces especialmente dedicadas las travesuras de nuestro común tormento, Don Rubén.

No sé ustedes pero nosotrxs desde que las dos hijas se fueron de casa y en el hogar hay mayoría masculina, disminuimos sensiblemente el consumo de verduras. Todos los días, (ahora que estamos de vacaciones), tipo once y media, indefectiblemente alguno dice: ¿Qué hay de comer? Es entonces cuando yo, (generalmente desde la compu), en tono meloso, respondo: Y…como estaban lindos y a buen precio el bróccoli y los zapallitos, le dije a la Vero que hiciéramos una tortillita bieeeen rica con hueviito y quesiiitoo…(válido para zanahorias, chauchas, zuchinis, etc) Y cuando inmediatamente me miran con cara de conmiseración y piedad, ya sé que indefectiblemente se viene el consabido: ahá, mirá vos, qué bueno, ¿pero… y para almorzar?. No hay caso, ché! Si no supiera que podría despertar una polémica, juro que diría que la comida vegetariana es una cuestión de género, pero mejor me callo y les sigo contando.

Lo que no me pienso callar más es la bronca que me generaba tener que hacer la compra semanal en la única verdulería “decente” del barrio y soportar las largas peroratas de Rubén ante el silencio cómplice de su hijo Santiago, encargado de acomodar la mercadería y de cobrar. Y digo decente porque a diferencia de la cercana al Sanatorio Norte (que tiene una vidriera irresistible de frutillas transgénicas pero hermosas) o a las de cualquier súper chino de Recoleta (que te fajan bien con las paltas pero lustran las peras con Blem), por esta comarca yerbabuenense, salvo excepciones, no veo obsesión porque las frutas luzcan apetitosas y las verduras te saluden con elegancia. A la otra, la de la vuelta, esa que me mantuvo cautiva los primeros años, tenía que entrar rogando que una hoja amortiguada de lechuga no me pegara en el ojo porque sus propietarias (ambas de exagerada osamenta), elegían el momento en que entrara un cliente para limpiar el boliche. Pili y Mili (como las apodó la Vero) nunca tenían lo que yo buscaba pero dice mi terapeuta (tuve que pagar diez sesiones para soltarlas) que mi adicción a su local se debía a la enorme foto de “El Néstor y la Jefa” que la Mili tenía arriba de las cebollas y que siempre me mostraba con orgullo. Pero tampoco la pavada, está bien que sean del palo pero me entraba una suerte de desazón verlos a los lánguidos apios compitiendo con las bananas ecuatorianas (esas color oficialismo) intentando destacarse en el mismo cajón. O darle la cana a los zapallitos brasileros escondidos detrás de las uvas pachuchas. Porque estas damas o no estudiaron botánica o las aplazaron al enseñarles que las verduras van con las verduras y las frutas con las frutas. (huia! me parece que me estoy metiendo en camisa de once varas con esto de los géneros, mejor me ocupo de Rubén)

La cosa es que a este proveedor rezongón y caracúlico lo descubrí de casualidad cuando pasaba en el auto buscando patamuslo en la pollería del Pelao Roque (les comento que ese individuo da para otra crónica) y como la fruta se veía acomodada en envases plásticos que se apoyaban prolijos en la pared, entré y me quedé para siempre. Y hasta poco era sólo silencio lo que reinaba cada vez que yo hacía mi aparición porque el muy bobina se había avivado que mi rostro ni se inmutaba cada vez que él empezaba con el Todxs son iguales de choros… Por mí que vayan todxs en cana…Yo siempre me rompí el lomo laburando, nadie me regaló nada…Por lo menos éste es rico no tiene para qué robar… (y otras profundidades por el estilo) o porque seguramente alguna vez supe insinuarle mi molestia. Lo cierto es que nuestra cortante pero cordial relación se mantuvo por varios años, (en realidad en una suerte de “tensa calma” como le gusta tanto decir al periodismo) hasta que hace unos cuantos domingos, estacionando con mucha dificultad porque la pila de cajones de papas y de zanahorias parecía que ya se caía sobre el cordón, me dispongo a toquetear las ciruelas para ver si no estaba verdes cuando lo escucho a Santiago, que casi gritando lo increpa a su progenitor: Acabala, pooor favor, acabala, ya me hartaste. Como has hecho con tantxs clientes que se fueron podridxs de tu mal humor, papá. Acabala yaaa, nadie tiene la culpa de que vos estés tan arrepentido, nadie tiene la culpa de que este cheto culiao (sic) se nos esté cagando de risa y no podamos pagar la luz. Temosdicho con la Elisa y con el Pedro, temosdicho o notemosdicho que no lo votés??? El aludido no pronunciaba palabra y ni se había percatado de que yo estaba en la vereda, ocupado (esta vez haciendo la tarea de Santiago) en seleccionar los tomates para el exhibidor. El que sí me veía era el muchacho, (el que en años jamás abrió la boca delante mío y con quien yo no intercambié palabra alguna jamás)quien deja su púlpito (el mostrador), me mira y dirigiéndose a su padre le dice: “¿ves, ves? Esta es la clienta que yo te conté, ella es la que va a las marchas en la plaza con el marido, el hombre ese de barba, yo los veo siempre cuando voy con los changos, tienen tu edad, tu edaaaad y en vez de andar todo el día putieando como vos, hacen algo para que se vaya de una veeeeeez este Lucifer (sic)”

No sé si la sorpresa fue mayor que la satisfacción, pero de repente sentí que me habilitaba para encararlo decidida y altanera: ¿por qué no lo escucha a Santi, usted? ¿Que no era que estaba tan contento con este gobierno? El hombre me mira desafiante y me dice: Yusté que se mete? ¿quién la ha dado vela en este entierro, ah? Cualquier cosa le perdono con tal que no vuelvan lxs otrxs chorxs, pero que permita que la Libertadores se juegue afuera??? Jamás, jaaaamás me voy a olvidar. ¿Qué va a llevar?

Dicen que siempre se vuelve al primer amor, ¿quenó? la Pili y la Mili me recibieron sonriendo y tirándome las chalas en el zapato. Todo sigue igual de desordenado y de sucio, sólo que a la par de la célebre foto ya medio deslucida, colgaron un enoooorme cartel amarillo con letras tan negras como mayúsculas que parece gritar a los alaridos ¡¡¡MMLPQTP!!!.

La sicóloga está preocupada. Dice que tuve una recaída.