por Juan Manuel Avellaneda

Mis propios modos de respeto.

Mis propios modos de amar.

Mis propios modos de pelea.

El cielo y las estrellas de mi América aborigen me enseñaron a contar.

Y esta tierra y sus dones me enseñaron a pelear en su defensa, para cuidar sus alimentos y sus remedios para mi gente.

Desde el mar, por el lado del poniente, habían bajado una vez -hace mucho- por los Andes unos hermanos lampiños como nosotros, como nosotros observadores del cielo y de la tierra.

Con ellos –en nuestro tiempo antes del hombre blanco- ya cuidábamos a nuestras familias y a nuestro acervo porque nos asumíamos todos hermanos, todos hijos de una tierra, de la misma luna y del único sol.

No éramos el centro del universo sino un canto rodando.

Aunque de eso cierta historia no habla: demasiado ocupada anda en santificar al civilizador y demonizar al bárbaro, por más que desde el imperio romano hasta aquí civilizados fueran los que estaban y bárbaros los que invadían. Al revés que en nuestra nación.

Un triste día vinieron hombres con barba desde el naciente. Trajeron grandes animales que nos golpeaban y otros animales que nos mordían y microbios que nos enfermaban…  También trajeron fierros que nos mataban y nos impedían caminar, hacer el amor y guardar historia en nuestras palabras cortándonos lenguas y orejas…

Entonces algo muy importante cambió:

Ya fue imposible comunicarnos en nuestro canto y nuestras tradiciones.

Estos barbados del mar del naciente trocaron nuestra historia por otras de libros y cruces, de máquinas de imprimir y de hacer música.

También vinieron hermanos barbados y blanquitos que nos enseñaron el uso de sus imprentas y sus instrumentos, a organizarnos en cooperativas y a hacer el amor con horarios preestablecidos por los campanarios.

Y lo que estaba cambiando no volvería atrás…

Los barbados del mar del naciente dicen que nos descubrieron.

Creo que lo que en realidad descubrieron fueron las piedras y metales brillantes que la panza de nuestras montañas guardaba en abundancia.

No digo como herencia o como moneda de cambio, porque esos son conceptos que nos enseñaron ellos, siempre a su favor.

También a su favor, bajo el cargo de animistas y antropófagos prohibieron nuestros dioses y sus enseñanzas.

Pero fuimos nosotros los que a la vuelta del tiempo, pusimos cuerpo, sangre y alma en las insurrecciones contra los hispánicos y otros guerreros inmisericordes.

Lautaro vengó a Atahualpa y –antes- a las víctimas de Hernán Cortez, el “conquistador” de Malinche. Fue cuando Lautaro puso límites a las ambiciones de Pedro de Valdivia… aquel varón que ni siquiera reconoció a su compañera Inés de Suárez.

Después los bárbaros charrúas acompañaron a don José Artigas a cuidar el país de los argentinos, como antes en el Alto Perú habían sido aborígenes los responsables de la insurrección de 1809.

Como en 1817 los mapuches acompañarían a San Martín a través de la cordillera.

Y luego José de San Martín instruyó a Monteagudo en el Perú para que no se usara despectivamente el sustantivo cholo/chola y en toda América se reconoció la lucha del hombre de la tierra. Porque por las venas de San Martín corría la misma sangre originaria que hizo valerosos los ejércitos de Simón Bolívar.

Lástima que la independencia de nuestra nación acabó teñida de odio al paisano de la tierra. Y hoy tenemos que rescatar –otra vez- el valor de las palabras y de la memoria:

Hoy tenemos que repetir con desprecio sanmartiniano que es peor un criollo que nos vende que el gringo que lo compra.

Porque en este siglo XXI nuevamente la historia está escrita en la lengua del “descubridor”. Que ahora ha descubierto la herramienta de la deuda externa para llevarse el litio, el agua, la energía y la determinación y la identidad de nuestros hijos y nietos.

Más allá del sueño de la tía de Malinche, convertido en blanca profecía de rubios barbados… más allá de santos mejicanos o patagónicos vestidos de blanco (evito el pecado de soberbia, nunca renegaría de creencias populares)… Sí sostengo que nuestra raza no será solamente la raza ambiciosa, dispendiosa y despreciativa que regaló riquezas de estas tierras a los banqueros flamencos, a los ejércitos napoleónicos y después a los imperialistas británicos o a los periodistas norteamericanos como Randolph Hearst, popularizado en cine como “el ciudadano Kane”.

Y lamento que durante años, desde octubre de 1917, el día de la raza recordase sólo un costado de nuestra cultura, no la que avistó Rodrigo de Triana –vigía de La Pinta llamado Juan Rodríguez de Bermejo- sino la tensa, inequitativa y sangrienta fusión entre supuestos “descubridores” y sus descubiertos sujetos a servidumbre y avasallamiento.

Pero un 2 de noviembre el Poder Ejecutivo argentino publicó el decreto 1584/2010 cambiando, a instancias del INADI, la polémica nominación de “raza” por la celebración de la diversidad cultural americana.

De todos modos los cambios intelectuales suelen ser lentos. Muy…

Aún nos debemos una seria reflexión acerca de quienes parasitan realmente a esta nación, acerca de quienes de veras malgastan nuestros impuestos y recursos…

Ese día podremos festejar sinceramente un 12 de octubre de la mano con nuestros padres y hermanos originarios, mirando con desconfianza a quien realmente la merezca, por más que se desgañite enseñándonos por los medios que, en (su) realidad, los argentinos descendemos de los barcos.

Pues no siempre los ojos claros guardan miradas transparentes.

Y jamás en la historia los vencedores dejaron olvidadas sus ambiciones, por lo que no suena muy confiable aquella creencia en que “los ricos no roban”…